Edición abril 2008

 

ADIÓS A LA RUTINA Y BIENVENIDOS AL ESTRÉS

Por: Rosa Barocio

 

Si revisamos qué nos está ocurriendo como humanidad en relación con la comida, podremos ver que estamos completando un círculo. Desde las condiciones de vida del hombre primitivo, que vivía el estres en los hijoscomo animal, que sólo cazaba su presa para asarla y comérsela, la humanidad poco a poco ha ido refinándose. De comer a la intemperie con las manos, pasamos a comer sentados, con utensilios y adornos en las mesas. Los platillos se tornaron más y más sofisticados. Invitar a compartir una comida familiar empezó a considerarse un honor. La hora de comer era un momento de convivencia familiar en donde se exigía la máxima educación y consideración hacia los demás. Los buenos modales y la cortesía eran muestras importantes de educación. Las ocasiones especiales se celebraban siempre alrededor de la mesa. Comida y celebración significaban convivencia, la oportunidad de vivir en buena armonía con la familia y con los amigos, darse el espacio para disfrutar. Al comer no sólo se nutría al cuerpo sino también el alma.

Pero con este cambio en el ritmo de nuestras vidas, estamos dando un giro de 360 grados y completando el ciclo: estamos retornando a nuestros orígenes animales. Gracias al fast food estamos regresando al estado animal de comer cualquier cosa, de cualquier manera y a cualquier hora. Lo importante es quitarme el hambre y que sea rápido, como el hombre de las cavernas, que sólo buscaba satisfacer su urgencia. De comer con utensilios estamos retrocediendo a comer con las manos. Una hamburguesa, un taco o comida chatarra. De usar platos estamos comiendo en servilletas o platos desechables. De comer sentados nuevamente estamos regresando a comer parados, en la calle, en el coche o donde nos llegue la necesidad. De comer acompañados a comer solos.

Observen si no, a las masas de personas comiendo en un aeropuerto, sin hablar, con la mirada perdida, parados ante una especie de mesitas altas que fueron diseñadas para que se pudiera prescindir de las sillas me las imagino como una suerte de “periqueras”. Eliminan la distancia entre la comida y la boca. Menor esfuerzo, muy práctico. Observen asimismo al niño sirviéndose cereal para comer solo frente al televisor. Al hombre en la calle que come tacos y un refresco. O a la madre que le da de cenar galletas y yogurt al niño en el automóvil, mientras maneja a toda velocidad rumbo a su casa.

Estamos regresando a nuestras raíces, a engullir en vez de comer. Pero ¿dónde queda el niño en esta nueva modalidad? Pues como un anexo de nuestras vidas apuradas. Que coma cuando pueda, lo que pueda y como pueda. Que duerma como pueda, donde pueda y cuando pueda. Es la ley de adaptarse o morir.

El niño se está adaptando pero ¡a qué precio! El precio que paga es el precio de su bienestar. Palabra poco usada en esta época. Porque ¿a quién le interesa que el niño esté bien? Esta prioridad está al final de nuestra lista, y, la verdad, la olvidamos. Las rutinas nos parecen cosa del pasado, son anticuadas. El padre moderno tiene mucho quehacer y el niño que se aguante.

Es verano y hace mucho calor. Carina sale de compras con su hijita de 4 semanas de nacida y a la que sólo ha puesto un pañal. Entran al súper climatizado y la madre pone a la niña acostada en su sillita de plástico en el carrito de compras. Se acerca a los refrigeradores de comida congelada y escoge varios productos que deposita en el carrito al lado del bebé. Al terminar de comprar salen nuevamente al calor del estacionamiento. En la noche la bebé no puede dormir porque tiene la nariz tapada y algo de fiebre.

¿Por qué tanto niño enfermo? Es bien sabido que los bebés y los niños pequeños sufren hoy más que nunca de alergias y enfermedades del oído. Se tienen que ajustar a tantos cambios de temperatura y su organismo aún no está lo suficientemente maduro. Un bebé no es un adulto pequeño. Las abuelas de antaño insistían en que el recién nacido estuviera tapado y protegido en casa. Su instinto materno las llevaba a comprender que las necesidades del niño y del adulto son diferentes. Es cierto que hoy en día, en muchos casos, es imposible dejar al bebé en casa y que las madres no tienen ayuda ni apoyo de los familiares. Pero tomar en cuenta y proteger al pequeño evita que suframos después teniendo un niño enfermo en casa.

Cuando, en nuestro esfuerzo por modernizarnos, desechamos las rutinas para comer y dormir, terminamos afectando la salud física del niño, pues come mal y duerme mal. Un niño que duerme mal y come mal es un niño infeliz: irritable, malhumorado y frustrado.

Son las 9 de la noche, Alicia está al final de una larga fila para pagar en el supermercado. Damián, de 1 año, llora desaforadamente. La madre abre un paquete de donas que le ofrece. El niño, enojado como está, avienta la dona. La señora vecina trata de simpatizar: “Pobre, ya es muy tarde y ha de estar cansado, ¡cómo son lentos para cobrar en este supermercado! Deberían tener más cajeras.” La madre despreocupada, le contesta: “No, no puede estar cansado, se durmió toda la tarde en el coche. Este niño siempre está de mal humor”.

Un niño que no duerme a sus horas y no come a sus horas, es un niño que no tiene bienestar. Su cuerpo necesita estar constantemente readaptándose a los cambios en su ambiente y eso le produce estrés. Nunca sabe qué va a comer ni cuándo. Se vuelve caprichoso pues nunca sabe qué esperar. El soporte y la seguridad que le ofrece una rutina diaria le hace falta. Muchos niños etiquetados como niños demandantes, de “mal carácter”, enojones, sólo están estresados. Cuando las madres regresan a crearles una rutina de comer y dormir a sus horas y sin prisa, estos niños se transforman en niños encantadores. Muchas madres agradecen tanto este cambio en sus hijos y se dan cuenta de que el esfuerzo que hacen al cuidar la rutina de sus hijos es mínimo en comparación con los beneficios que obtienen. Un niño descansado y bien comido es un niño relajado y contento.

Preguntas para reflexionar:

-¿Está mi hijo constantemente de mal humor, irritable y cansado? ¿Está estresado? ¿Cómo puedo ayudarlo para que esté más relajado?
-¿Tiene una rutina para comer y dormir? ¿Tiene problemas para dormir o comer?
-¿Tiene tiempo para jugar? ¿Tiene demasiadas actividades? ¿De cuáles actividades puede prescindir?

PADRES SIN TREGUA
Pero, ¿qué ocurre con estos padres que viven con tanta prisa y tienen tanto que realizar, que no tienen rutinas y nunca descansan de ser padres? Porque la consecuencia de eliminar las rutinas de la vida del niño es que el padre nunca tiene un descanso. Anteriormente, a las 7 u 8 de la noche podían exhalar un suspiro de alivio: “Uff, por fin se durmieron”, mientras observaban complacidos cómo descansaban sus hijos. Sabían que entonces tenían unas horas para recargar las baterías y recuperarse del desgaste de ser padres. Eran tres o cuatro horas para relajarse y hacer cosas de adulto, para compartir con la pareja, para hablar con los amigos o simplemente ver un programa en la televisión. Eran horas sagradas en las que recuperaban su sentido de identidad: “Ah, caray, no sólo soy madre, ¡también soy una persona que tiene deseos y necesidades propias!” Entraban en contacto consigo mismos. Esas horas permitían también alimentar la relación con la pareja sin interrupciones de un niño; permitían hablar y discutir libremente asuntos propios de adultos.

Pero al eliminar el orden que impone una rutina nada de esto es posible. El niño sigue siempre presente, corriendo alrededor de los padres como satélites alrededor de planetas, hasta que a las tantas de la noche todos, por agotamiento, quedan dormidos. Y si el niño duerme en la cama de los padres, como es costumbre ahora en muchas familias (y que no tiene nada que ver con la Cama Familiar), el eterno recordatorio de nuestra maternidad y paternidad nos persigue hasta en nuestros sueños. La madre nunca deja de ser madre y el padre tampoco.

Como con el fast food, en vez de avanzar, estamos retrocediendo. Estamos regresando a dormir todos juntos como en familias que sólo disponen de una habitación. Quizá sea necesario recordar cuántos problemas de promiscuidad se dan en esas situaciones. Cuando un niño no tiene su espacio propio e invade el espacio de los padres, éstos pierden su intimidad. Aunque hay padres que se jactan de lo creativos que pueden ser para hacer el amor en distintas partes de la casa, me pregunto si esto es necesario. La pareja necesita su espacio: la recámara es una representación material de ello. El niño también lo necesita para ir consolidando desde una edad temprana su sentido de individualidad, que se ve afectado cuando no se desprende de los padres ni siquiera cuando duerme.

 

 

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