Edición abril 2008


LOS HIJOS DE MIS HERMANOS

Por: Laura Sainz                                                                        

 

“Al principio todo era extremadamente raro, observaba a aquellas criaturas pensando lo desconocidos que eran para mí, no sabía cómo reaccionar, estaba consciente que debía amarlos, ¡cómo no hacerlo!, y sin embargo, los sentía ajenos a mi vida, ignoraba todo de ellos, excepto el hecho de que eran hijos de mis hermanos…”  

los hijos de mis hermanosAhhhh… suspiro, es un suspiro de recuerdo, de la primera vez en que me convertí en tía. Realmente no entendía mucho lo que pasaba; mi hermano y mi cuñada llegaron un día y le comunicaron a mis padres que estaban embarazados, todos estaban felices y yo, mmmm…, no lo sé realmente, no le di mucha importancia, probablemente porque nunca he sido una mujer a la que le enloquezcan los bebés o porque la adolescencia me tenía tan ocupada que únicamente pensaba en… nada.

Al paso de los días, meses, la idea comenzaba a cuajarse en la cabeza, reflexionaba acerca del hecho “voy a tener un sobrino” (claro, para entonces no sabía que era niño). Me parecía una buena idea pero nunca pensé más allá, no tenía un punto de referencia de lo que eso significaba, ni predije la transformación en las vidas de toda mi familia.  

El día que nació mi primer sobrino me encontraba de vacaciones con mis tías, una de ellas recibió la llamada de mi madre: Arturo había inhalado aire hacia sus pulmones por primera vez. Sentí una emoción desconocida para mí hasta entonces, era inédita y al mismo tiempo, conocida; una especie de curiosidad combinada con ansiedad y desconcierto, un sentimiento algo pasmoso, desmesurado, una especie de cariño inseguro, aquel que no emerge hasta no estar seguro de su definición.

Aproximadamente una semana después regresé a casa y de inmediato le hice una visita a mi sobrino. Lo vi ahí, entre los brazos de su madre, con esos cabellos desaliñados, su rostro hinchado, rojo y su cuerpo tan frágil que temía se desvaneciera.

Le miraba fijamente mientras lo sostenía, no puedo describir de manera exacta lo que sentí, mas pensé ¿quién es él?, ¿se supone que debo considerarlo hermoso? A mí me parecía un pequeño extraño y, sin embargo, alguien conocido, una nueva persona, esa peculiar y maravillosa extensión de mi hermano con la que sería sencillo encariñarme.

No fue amor a primera vista, mentiría si dijera eso. Si bien una parte de mí se identificaba con ellos tres, la otra parte no lo asimilaba. El ver a mi hermano y posteriormente a mis hermanas convertirse en padre o madres de familia, me causó un conflicto, por un lado me iba quedando sola, mis hermanos ya no eran sólo míos, y por otro, cada vez más se iba desvaneciendo aquel rastro de los pequeños con quienes crecí.

Fue entonces cuando comprendí que ellos ya eran adultos, el ciclo de vida seguía su curso y el cambio era irreversible.

Una vez convencida de que aquel pequeño extraño era parte de mi familia, llegó mi primera sobrina. Ella lloraba tanto, que en realidad sólo pensaba en lo molesto de ese hecho para mí, me preguntaba constantemente por qué tendría yo que soportarlo, después de todo no era mi hija sino una bebé nacida de mi hermana. La miraba ajena y situaba una barrera entre nosotras, como si su presencia no fuera permanente, como si en cualquier momento fuera a desaparecer esa criatura que denotaba la transformación de mi hermana y, entonces, todo volvería a ser normal… pero aquella escena era la nueva normalidad.

Así, se fueron dando poco a poco y de manera subsecuente los nacimientos de mis sobrinos (un niño y cinco niñas). Con todo(a)s ello(a)s pasé por el mismo proceso de adaptación, en ocasiones me olvidaba de su existencia, sobretodo de la última en nacer. Confundía sus nombres, orden y fecha de nacimiento, nunca a propósito, simplemente sucedía y debo decir que me daba un poco de cargo de conciencia pero no podía evitarlo; eran como tener un tatuaje que de repente te olvidas de su existencia hasta que lo vuelves a ver.   

Este mes de abril, el mayor cumple diez años, y yo, mi primera década como tía. Ahora miro en el pasado, esta es mi manera de hacerlo, analizando las emociones indefinidas de entonces, esas que desde hace ya algún tiempo han adquirido vida propia, definición y concepto juntos, significado y significante. Aquél sentimiento pasmoso, desmesurado e inseguro, ha emergido y se ha solidificado, transmutándome.

Sí, sigo comparando a estos pequeños con un tatuaje, pero no porque me olvide de su existencia, sino porque los tengo aquí, en mi ser, son parte de mí misma, está grabados no en mi piel, sino en mi alma, en el consciente y el inconsciente, latentes en mi existir y vivos en el amor que sólo por ellos siento, el cual me han hecho descubrir.

Son objeto de mi afecto sin incluir deber en ello, les quiero no de manera obligada, posiblemente ni siquiera por los genes que compartimos; mi cariño se nutre de su persona, se origina en ellos, ya no más por ser los hijos de mis hermanos sino porque son mis hermosos sobrinos.

 

 

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