Edición abril 2008

siriusfem, mi sociedad

 

YO NO SOY FEMINISTA

Por: Inés Saenz

 

feministaAsí es la reacción de la mayor parte de mis alumnas de literatura cada vez que empezamos a leer Un cuarto propio de Virginia Woolf o La mujer rota, de Simone de Beauvoir. Desde hace casi dos décadas ejerzo la docencia no sólo en el ámbito universitario, sino también en círculos de lectura. Semestre tras semestre, ciclo tras ciclo, programa tras programa, mujeres inteligentes, responsables, empeñosas, analíticas me aclaran —antes de empezar el tema—: "Yo no soy feminista".

Me pregunto, ¿a qué suena la palabra feminista? ¿Por qué genera una especie de repulsa en mujeres educadas y de vida, mal que bien, resuelta? ¿Por qué salta el decoro cuando se pronuncia esta palabra? ¿Por qué el malentendido? ¿La asocian con mujeres agresivas, come-hombres? ¿Con arribista, maquinista, masoquista, chauvinista o comunista? Para poder atisbar una respuesta, quisiera rescatar de esta asociación libre la relación entre el feminismo y el comunismo.

En nuestra sociedad, la palabra feminismo se hermana con la palabra comunismo en el sentido de que ambas evocan en el imaginario colectivo una serie de fantasmas que no corresponden a la realidad en que vivimos. Todavía al día de hoy, a casi dos décadas de la caída del Muro de Berlín, cuando se acumulan riquezas antes inconcebibles, cuando la gestión del lujo es un tema de estudio, la palabra comunismo es un estigma para quien la pronuncia. Hoy que escuchamos la carcajada sonora del capitalismo rampante mientras vemos por la televisión la última imagen de Fidel Castro condecorado con la marca Adidas en el mismo lugar que portara las insignias de comandante, hoy que la política internacional abreva del modelo Hollywood, todavía hay personas que tiemblan con la palabra comunismo. Entendamos la verdadera ecuación: comunismo-anacronismo. ¿Cuál es el miedo?

Pasemos al tema que me interesa, que es precisamente el feminismo (¡cuánto rodeo para llegar al punto!). Vuelvo al recuerdo de mis alumnas, regiomontanas muchas, mexicanas todas, sentadas en sus bancas o en un sillón cualquiera. Heterogéneas y listas, su grado de conciencia sobre la condición femenina es prácticamente nulo y su indiferencia infinita. ¿La razón? Está dicha: "Yo no soy feminista". Las pienso a todas y cada una de ellas, obteniendo títulos universitarios, con derecho al sufragio, accediendo a un mundo donde las mujeres tienen más posibilidades de desarrollo que en cualquier otra época. Mis alumnas desconocen que sus privilegios son de reciente factura. Creen que su lugar ha sido siempre el mismo. Ignoran que su acceso a una propiedad, a una opción política, a un título universitario, a un empleo remunerado, es el resultado de la lucha de muchas mujeres del pasado. Esas mujeres nos dieron un legado que debemos cuidar. Precisamente, las teorías feministas son un punto de vista, una óptica desde la cual se mira la realidad, tratando de responder una simple pregunta: ¿Dónde están las mujeres?

A pesar de que el siglo XX fue una época de radical transformación de la vida femenina, transformación impulsada por la segunda gran guerra de la cadena interminable de guerras, la utopía feminista de la igualdad (ojo: la igualdad, no la superioridad) está lejos de cumplirse y los datos sustentan la situación todavía precaria de la experiencia femenina. Estas alumnas graduadas con honores, de preparación exquisita, llevan todas las de ganar, exceptuando un sueldo que en el caso de México, está 35 por ciento por debajo del salario de los hombres, aunque desempeñen actividades de igual categoría profesional. Muchas de estas mujeres políglotas, desenvueltas, exitosas, se casarán, y ese mismo día pondrán fin a su carrera profesional. Otras continuarán en la lucha, aunque ahora con doble jornada: la que se paga y la no remunerada. Esa que no se nota y se hace día con día. Eso sí, todas ellas, solteras o casadas, viudas o divorciadas, se toparán con el famoso techo de cristal y nunca tendrán acceso a la cúspide de la pirámide. He hecho a un lado otras cuestiones muy importantes que tienen que ver con la vida de las mujeres que las feministas observan, analizan y denuncian. La utopía de la igualdad a la que toda persona aspira está todavía muy lejos cumplirse. Entendamos la verdadera ecuación: feminismo-idealismo. El ejemplo vale solamente para preguntarnos: ¿A qué viene tanto pudor?

Se habla mucho de la importancia de crear una conciencia de comunidad, de la necesidad de tramar un tejido social que nos permita como ciudadanos dialogar, debatir, cuestionar, exigir. La feminización de la pobreza es tema que debe ser incluido más allá de los homenajes-catapulta a las mujeres cada 8 de marzo. Nada de esto será posible si las mujeres educadas nos consolamos con la afirmación "yo no soy feminista". Al decirlo, negamos la historia. Al negarla, no podemos ver que todo paso hacia delante puede seguirse de varios pasos hacia atrás. Todo avance para alcanzar la dignidad humana es precario; tendremos que leer a las escritoras iraníes para entenderlo. Habrá que asumir el verdadero estado de las cosas si acaso queremos un cambio. A pesar de que la lucha por dignidad nos concierne a todos por igual, la historia nos demuestra que son los más afectados quienes tienen que moverse. Recordemos, por ejemplo, la lucha de los negros contra la discriminación en los Estados Unidos. Distintas voces, materializadas en la de Martin Luther King, fueron cruciales para lograr un cambio. Es decir; si los negros hubieran esperado la empatía de los blancos, estarían en las mismas. Lo mismo habría pasado con la lucha de Nelson Mandela contra el Apartheid en Sudáfrica.

¿Y la batalla de las mujeres por el acceso a una educación, sustento, trato y vida digna? En una entrevista de la década de los setenta, Simone de Beauvoir se mostró decepcionada de sus compañeros del partido comunista, pues ninguno de ellos había mostrado empatía por la causa de las mujeres. "Les interesa sólo la cuestión de clase, y son insensibles a la cuestión de género", declaraba la escritora francesa. ¿Qué nos contestarían esos comunistas indiferentes el día de hoy, cuando género y clase están más imbricados que nunca, por el hecho de que las mujeres son las pobres de los pobres?

Queda claro que ellas deben ser las más interesadas en el tema de la causa feminista, aunque todos sean bienvenidos. Sin embargo, es preciso dejar la ingenuidad a un lado: a Simone de Beauvoir, la conciencia de lo que significa ser mujer en este mundo le llegó entrada en los cuarenta. Por ello, escribió El segundo sexo, libro fundamental.

Me pregunto si podemos tener alguna excusa para la inconsciencia el día de hoy.

 


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