Revista mensual Edición de agosto 2008


A RAZÓN DE SOR JUANA

Por: Laura Sainz                                                  

   

Para aquél que me rompió, y para ti que me enmendarás…

“Mira cómo el cuerpo amante,
rendido a tanto tormento,
siendo en lo demás cadáver,
sólo en el sentir es cuerpo.

Mira que es contradicción
que no cabe en un sujeto,
tanta muerte en una vida,
tanto dolor en un muerto.”

(Sor Juana Inés de la Cruz, versos extraídos de la poesía “Ya para despedirme”.)


Desmesurada pasión contenida en el más infinito y profundo de los misterios: el amor que siente una mujer hacia un hombre. Es ocasión de hablar de él, primero porque lo he sentido, y segundo, porque existe en abundancia… sí, esta clase de amor se encuentra en todos lados, lo que me provoca un estado emocional opuesto; por un lado me congratulo al observar a mis amigas/conocidas, enamoradas, y por el otro, siento pesar cuando las veo –o a mí misma- acongojarse por el susodicho.

Debo decir, a través de este sentimiento, descubrí lugares dentro de mi cuerpo que no sabía de su existencia, hasta el momento en que los sentí doler; sin embargo, no puedo evitar pensar en esa capacidad de experimentar algo tan profundo e intenso, siendo de tal magnitud, que el cuerpo pareciera no tener espacio suficiente para resguardar semejante madeja de sentimientos, ni haber palabras existentes para describirlos…

Me siento afortunada cuando lo experimento y debo decir que me hipnotiza, me fascina esa característica del enamoramiento en donde te das cuenta cómo diversos significantes adquieren un nuevo significado, que remiten generalmente a esa persona; desde una irrelevante bebida, un determinado aroma, un tono o textura, hasta un particular género de música.

Cada uno de los sentidos se vuelven más sensibles, perciben todo mejor que antes, las reacciones son diferentes, las disgregadas piezas de uno mismo que deambulaban sin sentido se unen y comienzan a tenerlo; la falta de sueño aparece, el constante pensar en él, en sus detalles, sus palabras, sus miradas; todo esto arroja reacciones químicas en el cuerpo que se manifiestan en cada poro, en toda fibra, y desembocan en ese deseo inmoderado de estar a su lado. 

Incontrolable… esa es la palabra que me suena más adecuada para describir la pasión que en estas condiciones se experimenta, todo se deja fluir, posiblemente sí, con algo de temor, de nervio; pero es en esa conjunción de sentimientos en donde el perder el control de uno mismo se vuelve tan liberador, se rompen las paredes del interior y lo dejas entrar sin reservas.

Tengo una amiga que me dijo una vez amiguita mía, el amor es como lanzarte al ruedo: te la juegas en cada suerte, a veces te mata el toro o te lastima sin remedio, también puedes salir con la cola y las orejas del animal en cuestión. Creo que vale la pena intentarlo…”

En este momento pensé, “realmente enamorarse es arriesgarlo todo”, y una está consciente de ello al momento de ir cayendo, a veces hasta presentimos el desenlace o nos preguntamos si siquiera tendrá oportunidad de comenzar. En ocasiones amamos sin esperanza alguna, pero no necesariamente con menor vehemencia. Esta última clase de amor –o desamor- aunque evidentemente no correspondido, es por demás pasional, mientras más lejano, crece la necesidad de tenerlo y es más deseado, pero irremediablemente condenado a la extinción.

Reflexionar acerca del amor y la pasión femenina, además de recordarme las propias, me provoca una especie de acepción en cuanto a la cualidad de dichos sentimientos, y la mimetización de éstos, a las circunstancias que los rodean; pudiendo ser en ocasiones una constante escena final de película romántica, hasta quizás, una aciaga conclusión. 

De cualquier manera, amar apasionadamente a alguien es adentrarse en esa fusión de acontecimientos, aparentemente simples, que construyen toda una realidad alrededor del sujeto de los afectos, sin más preguntas por responder o explicación de su surgimiento, tales emociones se albergan en cierto espacio de nuestros adentros, de manera irrepetible, puesto que no se vuelve a amar a otra persona de la misma forma; y aunque como dice mi amiga, ya sea que te mate el toro o provoque un daño irreversible, al final del día, todo se resume a haberse visto envuelta en él.

“En dos partes dividida
tengo el alma en confusión:
una, esclava a la pasión,
y otra, a la razón medida.
Guerra civil, encendida,
aflige el pecho importuna:
quiere vencer cada una,
y entre fortunas tan varias,
morirán ambas contrarias
pero vencerá ninguna.”

(Sor Juana Inés de la Cruz, verso extraído del poema “Dime vencedor rapaz”)

 

 

 

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