Edición enero 2008

Por: Rosa Barocio
Una madre fue al supermercado y vio una bolsa de malvaviscos pequeños que sabía le gustaban mucho a su hijo de 5 años. Los compró y al llegar a casa se los entregó, pero le sorprendió que su pequeño le preguntara ¿por qué me los compraste mamá?, ¿porque hoy me porté bien en la escuela?, ¿o porque comí bien?, ¿o por qué?... La mamá lo interrumpió y le dijo, No, hijo, te los compré simplemente porque te quiero mucho. La madre me confesó que no se había dado cuenta lo condicionado que tenía al niño de premiarlo por todo lo que hacía, y que lo que más la había conmovido era que había guardado la bolsa de malvaviscos como un tesoro, y no se los había comido.
¿Qué es lo que más necesitan nuestros hijos en la vida? ¿Qué es lo que más queremos nosotros como seres humanos? Yo creo que lo más importante es sentirnos aceptados y queridos por quienes somos. Sin condiciones. Esto es el verdadero amor incondicional, y aunque es un ideal, tenemos que caminar en esa dirección. Si sólo nos diéramos cuenta cuántas cosas hacemos para recibir atención y sentirnos queridos. Porque recibir atención es una forma de recibir amor. Cuando damos atención a nuestros hijos, estamos acariciando su alma y nutriendo sus vidas emocionales. Y con tal de recibir este alimento, el niño está dispuesto a complacernos de mil maneras.
Pero cuando no recibe esta atención a través de complacernos, entonces puede intentarlo a través de molestar, hacer berrinches, fastidiar o lastimar. El mensaje es claro, y el niño de manera inconciente nos dice: Yo necesito tanto tu cariño que estoy dispuesto a conformarme con la atención que recibo cuando me gritas, me insultas o regañas. Sí, prefiero ser humillado e incluso golpeado a ser ignorado.
Estos niños se alimentan de nuestros regaños, nuestra irritación, nuestra impaciencia. Están tan hambrientos de atención que se conforman con las migajas, porque pensamos que lo contrario del amor es el odio, y no es así. Lo contrario del amor es la indiferencia. Por eso le duele tanto al niño el abandono. Muchos prefieren ser castigados y regañados a ser ignorados.
Un muchacho de 14 años cuando llegó al colegio lastimado, le platicó a su amiga que su padre se había enojado tanto con él, que lo había empujado por la escalera. Y ella le respondió, Pues tienes más suerte que yo, a ti por lo menos te golpean, en cambio yo, no les importo.
Cuando un niño se acostumbra a provocar a los demás para ser notado, su conducta nunca le va a dar lo que tanto busca: cariño y aceptación. En lugar recibe rechazo, impaciencia, frustración y enojo.Y lo triste es que, entre más cariño necesita, menos lo obtiene porque lo busca a través de berrinches, de gritos, de groserías, de volvernos locos, en una palabra. Y así, termina alejando lo que más falta le hace.
Si observamos a los niños o jóvenes a los que llamamos “insoportables”, “indisciplinados” e inclusive “delincuentes”, lo que piden a gritos es cariño y comprensión. Cuando hay una persona que les brinda esta aceptación, se transforman. Es la desesperanza la que los lleva a la rebeldía, a la agresión, al rechazo, al coraje, a la furia y la venganza.
Nuestros hijos necesitan de nuestro tiempo y nuestra atención. No hay sustituto posible para la atención. Necesitan también sentirse aceptados por quienes son. Como individuos separados de nosotros, con sus propios sueños y sus propias aspiraciones. Necesitan que los veamos como seres en proceso de crecimiento y transformación, y no a través de una imagen idealizada que nos hemos fabricado de ellos. Nos piden que los miremos libres de nuestras expectativas personales, porque no están aquí para cumplir nuestros sueños, sino para encontrar su propio camino y su propio destino.