Edición enero 2008

 

DE LA RELIGIÓN HASTA LA ESPIRITUALIDAD

Por: Cristina Mendoza Alcázar

 

siriusfem, religionSe dice que hay que evitar ciertos temas: la política, el futbol y la religión. Con eso ya tienes asegurada la armonía en una charla social. Tal vez yo sigo el dicho al pie de la letra porque no me gusta hablar de mis creencias. Es un tema fuerte, pues todas y cada una de las religiones del mundo piensan que son las únicas, “las verdaderas”. Entonces, el que uno diga que cree en “otras cosas” se puede convertir en el principio de una lucha campal.

No es fácil seguir tu propia espiritualidad, al menos, socialmente hablando. México es un país eminentemente católico y muchas veces asumimos que todos profesan esa religión. Así que el toparnos con algún cristiano, budista o ateo, más que poco común se vuelve “raro”.

En la búsqueda de uno mismo, hay personas que se empiezan a cuestionar muchas cosas. Y las creencias religiosas no son la excepción. Yo crecí en una familia muy católica y fui practicante hasta que decidí dejar de serlo. La separación se dio poco a poco; al principio, por flojera, después, por desilusión. Ahora es por convicción.

Y eso no quiere decir que me he vuelto satánica (cosa que, al parecer, a algunos les ha pasado por la mente) o una mujer “sin fe”. Indudablemente hay en mi disco duro una serie de preceptos bien enraizados que no se irán tan fácilmente. Tal vez no quiero que se vayan, porque me convencen, porque me gustan, porque en ellos sí creo. Pero en esa búsqueda de mí misma, en esa búsqueda espiritual me he preguntado tanto que han salido algunos “conceptos” con los que no estoy de acuerdo, así que esos, los desecho.

Ha de ser difícil para nuestros padres, para nuestros abuelos, educados en un régimen totalitario, religiosamente hablando, aceptar que sus críos se la pasen por la vida “sin ir a misa” o que hasta cuestionen cosas “incuestionables”. Y si es difícil aceptarlo, todavía más es respetarlo.

En mi búsqueda he optado por guardar silencio, porque en ciertos círculos el decir que tienes otras creencias muchas veces genera discusiones absurdas y que no pueden ser más que ofensivas y defensivas. Así que prefiero callarme. Si alguien me lo pregunta, yo lo digo, y hay veces que tratan de hacerme ver “mi error”, de impulsarme a que “regrese al buen camino”. Y, ¿saben? estoy convencida de que voy por buen camino.

Anoche hablaba con un nuevo amigo de mis creencias; de esto que se llama la Nueva Era y que no es precisamente ni del todo en lo que creo o lo que practico, pero que me ha ayudado a descubrir y descubrir-me. Le explicaba que en realidad yo creo en la metafísica, creo en las energías y en muchas otras cosas. Es algo que he descubierto y elegido.

Dentro de estas prácticas, tuve la oportunidad de asistir a un taller de metafísica pura. Es decir; “más allá de lo físico”. Puede resultar complicado de explicar, así se lo dije, pero cuando salí de ese hotel en San Miguel de Allende me sentía como nueva. Literalmente veía el cielo de otros colores, mi percepción sobre mí misma y sobre la vida había cambiado. La sinergia que se dio ese fin de semana fue tan poderosa que me alcanzó para muchos días más. Le explicaba que más allá de lo que hayan dicho seres como OSHO, Lazaris, Buda o como el mismísimo Jesucristo, lo que viví ahí y lo que, al final, creo que todos ellos han tratado de comunicarnos se resume en una sola palabra: amor.

Sí, el amor, la compasión, el perdón, el liberarse de culpas (propias y adjudicadas), el ser empático y tolerante, me han venido a enseñar mucho más de mí que cualquier otra doctrina.

Este descubrimiento me hace sentir mucho más contenta, mucho más tranquila. Libre. Creo en Dios, creo en la energía, en otras energías, en que no somos los únicos en este universo (que arrogantes seríamos), en que nuestras almas y espíritus son mucho más de lo que pensamos. Creo en otras vidas, en este y otros planos (tal vez muchos pensarán en “el cielo” o “el infierno”). Creo en la bondad de la gente y me aferro a ello, porque estoy convencida. Creo que cada día podemos ser mejores y creo firmemente en que podemos cambiar.

No, no necesito que me vengan a decir que yo ya traigo una mancha en el alma por ser humana. No, no quiero que me digan que las mujeres heredamos el pecado de Eva (allá ella y sus pecados, que mucho tengo que trabajar con los propios). Total, como diría Homero Simpson, “No soy un mal hombre. Trabajo duro y amo a mis hijos. Entonces, ¿por qué tendría que pasar la mitad de mi domingo escuchando que me voy a ir al infierno?”

Yo, en eso, no creo.


 

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