Revista mensual Edición de 2° aniversario junio 2008

 

TODOS ESTAMOS EN EL MISMO BARCO: EMPATÍA COMUNITARIA

Por: Rosa Barocio  

 

Quiero contarles una anécdota: Un padre que tenía tres hijas entró a la sala para encontrar que sus niñas habían pintado la pared. Las llamó y preguntó quién era la responsable. Cuando ninguna contestó, entonces las amenazó: “Pues si no me dicen quién fue, les voy a dar unas nalgadas a todas.” La mayor entonces acusó a la menor.

Este padre seguramente pensó que estaba haciendo lo correcto. Pero, ¿qué sucede cuando empujamos a que un hermano delate al otro? Pues que lo estamos enseñando a que traicione, en este caso al hermano, ya sea por miedo al castigo o por congraciarse con los padres. Así surge el que empieza a adoptar el papel del “bueno” que le encanta a padres, porque es muy complaciente y obediente, pero que los demás hijos no soportan. ¿Cómo podemos evitar que esto suceda? Pues como dice el Doctor Rudolf Dreikurs, “poniéndolos a todos en el mismo barco”. En vez de buscar a la responsable, el padre puede llamarlas y pedirles que entre las tres limpien la pared, sin tratar de averiguar quién lo hizo. Esto evita que una acuse a la otra.

Pero se llegaría a pensar que no es justo que limpien las que no ensuciaron. Es interesante darnos cuenta de que los niños adoptan nuestras actitudes e ideas, de lo que es o lo que no es justo. Si yo entiendo que somos un equipo, y que por lo tanto, somos responsables conjuntamente de que este lugar esté limpio o bien cuidado, entonces no me parece injusto cuando tengo que ayudar a levantar trastes sucios, aunque yo no los haya utilizado. Al enseñar a nuestros hijos y alumnos a funcionar como grupo, aprendemos a desarrollar conciencia social; lo importante no es quién lo hizo, sino que se tiene que solucionar.

Siendo maestra de sexto grado, un día recibí la queja de que mis alumnos habían aventado bolas de papel mojadas al techo del baño de los hombres. De manera casual les dije, “Antes de salir a recreo todos los varones tendrán que limpiar el techo del baño.” No faltó quien se quejó, “Pero ¡yo no fui!” A lo cual hice oídos sordos y todos cooperaron para limpiar. Mi atención estaba puesta en la solución y no en el problema. Mientras limpiaban escuché que un alumno le decía al otro entre dientes, “¡No se te vuelva a ocurrir hacer esto!” El mensaje fue claro, el baño es responsabilidad de todos, y a partir de entonces, el grupo, no la maestra, hacía presión para que lo mantuvieran limpio.

Cuando sentimos que somos parte de un grupo, nos damos cuenta que lo que hacemos afecta a los demás, y este descubrimiento nos lleva a detenernos muchas veces, porque sabemos que nuestras acciones tienen consecuencias que afectan a otros.

Esto es el principio de la verdadera conciencia social.

¿No creen que ya es tiempo de que dejemos de buscar culpables y empecemos a buscar soluciones? Al fin de cuentas, queramos o no, estamos todos en el mismo barco.

 

 

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