Revista mensual Edición de 2° aniversario junio 2008

Por: Saudinena
Tener ilusiones, soñar y tratar de ver nuestros sueños realizados es lo más importante en la vida, me decía mi abuelita. Sueña hijita, lucha por alcanzar tus sueños y cuando los realices, busca una nueva ilusión, algo que te lleve siempre lejos. Mientras tengas ilusiones, tendrás fuerza, tendrás vida…
Siguiendo esta premisa, un día decidimos -mi marido y yo- dejar nuestro país y aventurarnos a otro; no solamente muy lejano sino también muy diferente. Creímos que en ese nuevo lugar lograríamos construir las bases para, a nuestro regreso, lograr una nueva y mejor vida.
El país que nos abrió sus puertas no tenía buena fama. La familia y amigos se mostraban preocupados por esta rápida decisión. Viajar a la cuna del terrorismo, como todo el mundo lo califica, no era una idea fácil de aceptar. La escasa información que teníamos no era tampoco tranquilizadora. Un país cerrado al mundo, del que casi no se hablaba por allá.
Por primera vez en mi vida no fue el entusiasmo lo que me puso activa, sino el miedo. Por momentos me sentí como un animal al acecho, husmeando todo el tiempo; investigando, tratando de encontrar en el misterio, en lo desconocido, una señal; algo que me indicara que nuestra decisión era la correcta, que no íbamos a morir en el intento.
A pesar de que habíamos vivido en otros países, para mí esta vez era completamente diferente. A medida que la fecha de partida se acercaba, todo era estrés, insomnio. Dolor de estómago al presentarnos en el aeropuerto; al extender nuestro pasaporte con esa visa llena de una escritura tan extraña. Me sentía mareada, con una sensación de angustia que no me había dejado en paz desde hacía varios días; no podía aceptar del todo despedirme de los míos; un nudo en la garganta me cortaba la respiración. Atravesar la puerta de control del aeropuerto fue una gran hazaña. Entrábamos, según yo, a la dimensión desconocida.
El vuelo rumbo a Frankfurt, la obligada escala de nuestro viaje, pasó entre reflexiones, recordando lo que me habían comentado algunas personas. Me habían dicho tantas cosas de ese país… Que ser mujer es lo peor que puede haber por allá, que no puedes ni asomar la cara fuera de tu casa, que “no volverás a ver la luz del sol”, que tienes que estar siempre encerrada, que no puedes ni ir al supermercado… ¡Ah! Pero hay dinero, se puede ganar mucho dinero… Y ya conocemos nuestro dicho… El dinero no es Dios, pero es lo que más se le parece… “Quizá valdrá la pena el sacrificio”, pensaba…
Más tarde, al observar la aparente calma de los viajantes del vuelo que nos llevaba a nuestro destino me tranquilicé un poco. No sé si era una mala temporada, mi nerviosismo o simple coincidencia, pero tengo que reconocer que nunca había visto tan poquitas mujeres en un avión de aproximadamente 350 pasajeros. En nuestra sección, según yo, éramos unas siete apenas, tres estábamos vestidas de manera “normal” y las otras cuatro a la manera musulmana, un gran vestido blanco amplio y largo, con una pañoleta cubriéndoles la cabeza; una de ellas llevaba incluso la cara cubierta. Esas mujeres tenían un aire sereno o no sé si resignado.
Supuse que una de ellas viajaba por primera vez y creo que debió darle gracias a Dios por haber llegado a su destino. La pobre estuvo enferma durante todo el vuelo; tanto que las azafatas debieron solicitar por el altavoz a un médico que la atendiera. Yo creí que la desdichada iba a dejar las tripas en el aeroplano. Solamente paró de vomitar cuando aterrizamos en El Cairo, donde ellas se quedaron. Nosotros continuamos dentro de un avión casi vacío hasta nuestro destino final…
El Aeropuerto King Khalid es muy pequeño comparado con otros que conozco; quizá en alguna época fue una gran construcción pero ahora resulta insuficiente. Todo está pintado en colores claros, los techos son un poco redondeados, a la manera de cúpulas y dan la impresión de que uno se encuentra bajo una gran carpa. Algo que me sorprendió fue escuchar, al bajar del avión, el ruido del agua. Es muy extraño llegar a un país que uno sabe tan desértico y escuchar la música del agua que cae, como si estuviera uno cerca de una linda cascada chiapaneca.
Salimos del avión por un túnel que está directamente conectado a unas escaleras y que se abre a un grande e iluminado espacio; nuestra primera parada: la sala de migración. Yo creo que varios vuelos habían llegado al mismo tiempo. ¡Qué impresión me llevé al mirar desde lo alto de esos 20 escalones! Desde ahí podía contemplar, en ese gran salón, a cientos de hombres haciendo fila; casi todos vestidos de igual manera; llevaban una túnica blanca y algo que parecía un mantel de cuadrillé, rojo y blanco, en la cabeza. En ese momento me sentí hipnotizada, como si estuviera dentro de una película de ficción, de esas en donde todos los ciudadanos de un país están condicionados y deben vestirse igual y obedecer a lo que se les dice por los altavoces. Fue tal mi sobresalto que me detuve de inmediato a esperar las instrucciones.
La mano de mi esposo me sacó del hechizo, él se encargó de “arrastrarme” hacia los mostradores de los agentes migratorios. Ya más despierta observé bien. No, no había sólo colores blancos y manteles de cuadrillé, algunos hombres portaban túnicas en colores diferentes, pero siempre en tonos claros. La túnica blanca era como un vestido largo, las de colores eran un poco más cortas, más o menos por debajo de la rodilla y complementadas por un pantalón muy suelto apretado a la altura de los tobillos. En ese instante no había nadie que hablara un idioma conocido, escuchaba yo conversaciones compuestas de sonidos guturales… La presencia de las mujeres era casi nula, las pocas que había estaban todas vestidas de negro, de los pies a la cabeza. Era como si alguien les hubiera aventado una sábana negra sobre la cabeza y hubiesen hecho dos hoyos a la altura de los ojos. ¡Auténticos fantasmas, pero negros!
Las autoridades de migración hicieron gala de su falta de cortesía, a las mujeres ni siquiera nos miran; supuse que no era nada raro en un país como este. Uno de los guardias se dirigió a mi marido para preguntarle en un inglés defectuoso: THAT is your wife? (“¿ESO es tu esposa?”) Y mi esposo respondió: Yes, SHE is my wife! (“Sí, ELLA es mi esposa”). Entonces, nos indicaron que debíamos cambiar a una fila “familiar”, ahí entendimos entonces que había filas para hombres y filas para familias. ¡La segregación inmediata! Llegado nuestro turno, mi esposo y yo avanzamos juntos, yo traté de entregar mi pasaporte, pero el guardia se limitó a lanzarme una primera mirada despectiva y ni siquiera me lo recibió; me dejó con la manita estirada y se dirigió a mi esposo. Yo simplemente dejé mi pasaporte, discretamente, en el mostrador. Nuestro guardia revisó el de mi marido, verificó los datos, hizo alguna pregunta de rigor y se lo devolvió, el pasaporte pasó de sus manos a las de mi marido. Enseguida tomó el mío, no sin antes dirigirme su mirada glacial; no sé cómo explicar, pero es como si te vieran sin mirar. Son miradas que no sólo hacen que uno se sienta incómoda, sino aterrada también. Para mi gran asombro, a mí no me entregó mi pasaporte en las manos, lo arrojó sobre el mostrador, teniendo cuidado de clavar en mí su fría e intimidante mirada.
¡Bienvenida al país de los hombres! Fue Increíble...
Desde el momento de entrar a este país se percibe la diferencia entre “masculino” y “femenino”... Mentalmente le envié todas las majaderías que conozco, muy cerebral la cosa, porque según me habían indicado las mujeres no podemos hablar. Hay que permanecer calladitas y tapaditas.
Recuperar las maletas fue otra aventura. Nunca había yo visto un aeropuerto tan desordenado y tan viejo. Hay tres bandas para recuperar el equipaje, pero sólo una funciona. La mayoría de la gente no llevaba maletas, sino grandes cajas de cartón. Había varias de ellas regadas por aquí y por allá.
Después, pasamos por el escáner. Ahí nos tocó una revisión profunda de cada uno de los discos que llevábamos. Supongo que deseaban averiguar si no llevábamos pornografía.
Por fin salimos y uno de los compañeros de trabajo de mi esposo y unos amigos, que fueron los que lo invitaron a trabajar en este país, estaban afuera para recibirnos, cosa que calmó aprensión.
Llegamos finalmente a nuestra casa a descansar; para entonces eran ya casi las 3 de la mañana y el calor era intenso, “el hornazo” se sentía en pleno.
La casa que tenemos está afuera del palacio. Es increíble el tamaño de ese edificio (el Palacio). Es enorme y está todo bordeado, por lo que solamente se perciben algunos techos y cúpulas, majestuosos, enormes; lleno de palmeras que procuran una deliciosa sombra. Al lado, está la casa de uno de los príncipes.
Mi concepto de “grande” está cambiando aquí; ni la residencia más grande que yo haya visto semeja a esta villa; algunos de nuestros presumidos mexicanos ricachones se sentirían intimidados con la talla y la belleza de las residencias.
Nosotros vivimos a un costado, en una casa pequeñita: cuatro recámaras, cuatro cuartos de baño, cocina, comedor, oficina, cuarto de lavado, terraza... Mi primera e idiota reflexión fue ¿podré mantener limpio todo esto? Es muy grande para dos personas. Teníamos lo básico, pero inmediatamente me pidieron una lista de todo lo que necesitáramos… ¡sin límites!
Comencé por hacer una lista de provisiones: carne, pollo, vegetales, fruta. Dos horas después, llegaron las cajas. En menos de dos minutos vi mi despensa llenarse casi de forma automática, todo de la mejor calidad y traído directamente del palacio y, cada vez que necesitamos, es suficiente con pedir. ¡Uf! Además pides para dos y mandan para 10, el concepto “un poco” es totalmente desconocido en este sitio. Gracias a Dios que existen los congeladores, que si no... ¡Qué desperdicio! (No puedo dejar de pensar en la cantidad de personas hambrientas que podrían saciar su hambre con todo esto.)
Me entregaron lámparas, batidora, trastes etc., etc. ¿Cómo puede alguien gastar de esa manera? ¿Cuánta gente podría comer tan sólo con lo que, me imagino, ellos desperdician? Difícil de comprender, lo creo porque lo veo. Inicio mi vida en el país de los verdaderos millonarios.
Esa noche salimos a comprar mi “uniforme”. Se trataba de la Abaya de rigor, esa bata negra, suelta y larga que las mujeres estamos obligadas a portar. Mi amiga me prestó una de las suyas para poder ir al mercado a comprar la mía. Adquirimos la primera que vimos en el puesto más cercano al automóvil. Mi fantasmal vestido no tenía adornos ni encajes ni nada, era completamente liso. Como complemento me entregaron un enorme velo que debo enredarme en la cabeza y que tiene que cubrirme también el cuello. Está prohibido mostrar cualquier parte. ¡Con este calor! Es una suerte que los hombres no tengan que usar nada especial. Ellos sí tienen derecho a ir por ahí vestidos como quieran.
De regreso a casa me probé la abaya. ¡Era horrible! ¡Un vestido como diez tallas más grande! Mi flaco cuerpo parecía nadar dentro de este hábito monacal, lucía ridícula, me sentía mal… triste…
Pero al mal tiempo, buena cara… Decidí explorar un poco.
Cerca de mi nuevo hogar hay un gran templo, una Mezquita. Es obvio que está prohibida para las mujeres, pero cada que pasábamos cerca en el carro de nuestro amigo, trataba de echar un ojito, así, al disimulo. La construcción en sí es bella, enorme, bien aireada, tiene cúpulas y una especie de torre, coronada con una luna. No sé qué es lo que eso signifique, pero sé que sus celebraciones religiosas se miden con la luna.
Como decía, el lugar es muy aireado y qué mejor, porque muchos machos huelen muy feo, entre que no se bañan y el calor que hace… Aunque no entiendo muy bien el porqué de tan horribles olores, si se supone que deben lavarse cinco veces al día, antes de cada oración.
Adentro del templo se ven algunos hombres, todos descalzos. A la entrada (de cada templo porque hay miles en este país) hay unos casilleros para dejar los zapatos. Esto no es suficiente, porque hay muchísimos hombres adentro y entonces, afuera del templo, se ve el montón de zapatos. Desde lejos puedo observar a los hombres de pie, como si escucharan algo, por momentos se postran y besan el suelo.
Cinco veces al día se hace la plegaria, cada día se publica en el periódico el horario porque tiene algo que ver con la posición del sol.
Cuando vamos a un centro comercial, todo trabajo se interrumpe por varios minutos antes de iniciarse cada rito (qué flojera, abrir y cerrar tantas veces al día), altavoces anuncian el próximo cierre de puertas. La ciudad se paraliza, las mujeres –que no están obligadas a orar- buscan un lugar para descansar o se apiñan en cualquier rincón para orar alejadas de las miradas indiscretas de los hombres, mientras las tiendas abren nuevamente. Por todos lados hay lugares reservados para que los hombres vayan a orar, uno en cada centro comercial. En los más elegantes, hay también un espacio cerrado para la oración femenina. Los que no encuentran un espacio adaptado para orar, simplemente lo hacen en la calle, directamente en la banqueta. Sencillamente arrojan un tapete al suelo y ahí cumplen con su rito. Es muy impresionante escuchar esa especie de coro: “Alá, Alá, Alá akbar” (Dios es grande) anunciando la plegaria, a todo pulmón, por las grandísimas bocinas al inicio de cada rito.
Si alguien quiere ir a un baño público, difícilmente va a encontrar uno limpio. Como todo el mundo debe lavarse los pies antes de la plegaria, aquello son charquitos y charcotes y paradójicamente parece ser que la limpieza no es lo más importante por aquí. Las personas se lavan la cara, las manos y los brazos, las partes íntimas y los pies. Algo muy extraño es que, las mujeres a las que he observado lavarse, no se quitan las calcetas, simplemente se echan agua sobre ellas y ya están listas, “limpiecitas” para orar. Los olores son muy extraños y desagradables, esa mezcla de humedad, mugre, sudor… ¡Es espantoso!
Los primeros días después de nuestra llegada, mi esposo no trabajó de forma oficial, porque le hacían falta algunos análisis (para eso sí que son estrictos), así que podíamos salir de vez en cuando con nuestro amigo, que tiene un carrito que le dieron en el palacio. Salíamos casi todas las noches él y su familia a dar vueltas por las calles de Riad.
Visitar Riad es siempre impresionante. Todas las mujeres debemos vestir la abaya, con la cabeza cubierta, de negro, aunque he visto a algunas mujeres que utilizan algún color. Algunas extranjeras, aquí hay muchas filipinas, gringas, europeas y una que otra mexicana, si tienen oportunidad, no utilizan esta prenda -yo entre ellas.
Por el contrario, la esposa de mi amigo la utiliza la mayor parte del tiempo; es un poco difícil llevarla porque se resbala y se cae, es por eso que yo prefiero prescindir del velo, aunque es frecuente que a uno lo regañen. ¿Quién? No, no el marido, por supuesto. Los mutawas, es decir, la policía de la religión y, de vez en cuando, algún saudita metiche. Para ilustrar lo que hacen los mutawas, basta con recordar ciertas anécdotas. Cierto día, caminando en un centro comercial, yo pude percibir desde lejos a un hombre que me pareció medio raro, diferente, barbón, acompañado de un guardia o policía. Su “thoba” (esa túnica larga blanca tradicional saudí) le quedaba de “brincacharcos” y en la cabeza no portaba el anillo que normalmente utilizan para sostener el trapo que se ponen para cubrirse.
No sé por qué, pero mi instinto me indicó que debía taparme la cabeza en el acto y así lo hice. Mi amiga caminaba unos pasos adelante de nosotros, el velo se le había resbalado y ella iba muy quitada de la pena mirando los aparadores. De pronto, el hombre barbudo la vio, caminó enérgico hacia ella, la furia brillaba en su mirada, era casi violento y sin apartar de ella su vista furibunda, le hacía señas de que se tapara y al mismo tiempo gritaba algo en árabe que supongo, quería decir que se cubriera. La pobre se llevó tal impresión, que ya no pudo estar a gusto el resto del paseo. No podía dejar de pensar en la mirada de animadversión que este individuo le dedicó, estaba completamente aterrada, en un momento pensó que la policía de la religión hubiera podido hacerle daño o llevarla a la cárcel por no estar cubierta lo suficiente. Se han dado casos así… y lo sabemos.
Sí amigos, hay una policía de la religión... Yo no creo que sea para tanto, es suficiente (pienso) con obedecer y taparse cuando uno se encuentra en frente de estos extremistas. Aunque a veces no me siento tan segura.
Para colmo de males, al otro día nos encontramos al mismo individuo. O quizá no era el mismo, todos son tan parecidos y pululan en estos lares. Mi amiga no quiso ni mirarlo, bien cubiertas, nos limitamos a fingir que veíamos unos relojes en un aparador mientras él y su secuaz pasaban cerca de nosotros... ¡Qué fortuna haber estado bien tapaditas ese día!
Y en poco tiempo hubo una tercera vez, mientras mirábamos el aparador de una tienda de ropa íntima. Al percibirlos nos metimos rápidamente a la tienda para que no nos vieran destapadas, el mutawa y su acólito nos siguieron, entraron a la tienda llena de calzoncitos sexis, brasieres y ropa graciosa y transparente, para gritar, en medio de la tienda, que nos tapáramos. ¡Qué risa loca nos agarró después, al recordar al gran religioso “mochilón–golpe-de- pecho” parado en medio de todos aquellas tanguitas provocadoras! ¡Y qué susto nos llevamos también! Pero pasó rápido. Ojalá que nunca tengamos una mala experiencia…
Arabia Saudita comenzaba a mostrarse, en todo su esplendor, ante mis ojos.
Riad, Arabia Saudita, mayo de 2003.