Edición marzo 2008

 

EL TIEMPO

Por: Miriam Sarli

 

Vivimos apurados, haciendo todo rápido, con miedo a que el tiempo nos coma. Llega fin de año y uno se pregunta: ¿qué pasó? ¿En qué momento el tiempo voló? Casi no tenemos momentos para compartir en familia, ver a nuestros hijos crecer, disfrutar de las cosas que más nos gustan hacer. El tiempo avanza sumamente deprisa...

¿El tiempo avanza demasiado rápido? ¿Cómo podemos estar tan seguros de que el tiempo avanza? Más bien es una cuenta regresiva.

Los segundos, los minutos, las horas, las semanas, los años se van descontando de nuestra vida. Cada vez falta menos para que lleguen las vacaciones. Cada vez falta menos para conseguir ese trabajo que tanto deseamos. Cada vez falta menos para lograr tener el dinero y comprar la casa. Cada vez falta menos para encontrar ese amor que tanto buscamos. Cada vez falta menos para todo, incluso para la muerte.

Mirando con esos ojos al tiempo nos llenamos de esperanzas y también de incertidumbre. Es angustiante no saber cuándo cada cosa ocurrirá. Pero ahí está la fe de que ocurrirá. No saber cuándo es más desesperante que el cómo y el dónde. Alguien alguna vez dijo que no hay que llorar por lo que pasó, sino que hay que dar gracias porque ocurrió. Las cosas malas están por llegar, son inevitables en la vida de cualquier ser. Pero una vez ocurridas, uno ya puede sentirse aliviado porque ya pasó. Una incertidumbre menos. ¿Acaso no nos angustia la muerte? Sin embargo, es lo único seguro que hay en esta vida: así como nacemos, vamos a morir. Otra vez lo desesperante es el cuándo. No el cómo ni el dónde; el cuándo.

En las películas, la cuenta regresiva de esa bomba a punto de estallar genera el clímax de la historia. Nos pone nerviosos y tenemos ganas de saltar a la pantalla para ayudar a los protagonistas. ¿Será por eso que decimos que el tiempo avanza y que no es una cuenta regresiva? ¿Nos pone nerviosos saber que en un momento el futuro llegará?

Supongo que por eso hay mucha gente que no cree en el futuro. Es una forma absurda de evitar el nerviosismo, la angustia de que en algún momento arribará. A pesar de eso están errados al no creer en él. Yo más bien diría que no tienen capacidad de soñar y, en su ignorancia de no saber diferenciar entre el tiempo y los sueños, desvirtúan el significado del porvenir.

¿El futuro no existe? ¿El tiempo no existe? Entonces tampoco existe el alma, no existe el aire, no existe la gravedad, no existe el vacío, no existe la luz, no existe el sonido, no existen los colores, no existe el amor, no existe Dios. Nos volvemos incrédulos de todo aquello que no somos capaces de tocar. Una ridícula excusa más para evitar enfrentarnos con nuestros miedos.

El futuro existe, así como el pasado y el hoy.  Cada segundo que vivimos formó parte del futuro del ayer, ¿o no? ¿Acaso no ahorramos por si llegamos a necesitarlo más adelante? ¿Acaso no alimentamos y abrigamos bien a nuestros hijos para que no sufran enfermedades en el futuro? ¿Los grandes empresarios no planean a largo plazo? ¿El hombre de campo no siembra hoy para cosechar mañana? ¿Acaso no hace falta que los políticos piensen en el porvenir para mejorar nuestro país? Hoy se pueden hacer muchas cosas, es verdad. Pero también debemos hacer cosas por si ese “¿cuándo vamos a morir?” se aleja en el tiempo. Seguridad para nuestros hijos, crecimiento para nuestro país, una vejez mejor. Todo eso se hace hoy para que mañana rinda sus frutos.

Aprendamos que el tiempo es una cuenta regresiva que nos obliga a vivir el día a día. Pero también aprendamos que el futuro, el tiempo, forma parte de nuestras vidas. Y es la base de nuestros sueños, la esperanza de que algún día se hagan realidad.

 

 

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