Edición marzo 2008


PERMISO PARA AMAR

Por: Ricardo Arce

 

Para Cristina que me hizo bajar la guardia

 

HAPPY NEW YEAR

Mira, no pido mucho,
solamente tu mano, tenerla
como un sapito que duerme así contento.
Necesito esa puerta que me dabas
para entrar a tu mundo, ese trocito
de azúcar verde, de redondo alegre.
¿No me prestas tu mano en esta noche
de fin de año de lechuzas roncas?
No puedes, por razones técnicas.
Entonces la tramo en el aire, urdiendo cada dedo,
el durazno sedoso de la palma
y el dorso, ese país de azules árboles.
Así la tomo y la sostengo,
como si de ello dependiera
muchísimo del mundo,
la sucesión de las cuatro estaciones,
el canto de los gallos, el amor de los hombres.

Julio Cortázar

 

Bien he dicho ya bastante sobre lo terrible que es estar solo y maldecir y escupir sobre las médulas y las faringes de los amorosos… ¡Ay, pinches amorosos! Melosos, apestosos, roñosos, golosos que se pasean por las alamedas y parques, que son clientes frecuentes de heladerías y hoteles, que se acuestan entre pulgas y amores dispersos entre las sábanas, que gimen y lloran, que sueñas, que se tatúan el nombre del otro en sus tobillos, que piden permisos falsos a sus labios y se escapan a la luz de los faroles y lunas de ronda. Bien he dicho y no me arrepiento… Pinches enamorados.

Y es que todos deberíamos de vez en cuando guardar silencio cuando se trata de hablar de amor, guardárnoslo como se guardan los lingotes en las bóvedas. Dejarnos las manos y la cabeza en paz, aventar las armas, bajar la guardia… dejarnos querer. ¿Es tan difícil dejarse querer? Supongo que lo difícil no es la querencia sino la dejadez; mucho más cuando ya se sabe de la calidad de los trancazos que uno se puede llevar al aterrizar, cuando caes y no es en blandito, cuando recuerdas tu rostro lleno de lágrimas y mocos, con los ojos hinchados frente al espejo; es más difícil cuando el último amor dolió y lo recuerdas.

La “falta de dejadez” es parte del luto de un amor pasado, seguir cargando con el muertito, con los fantasmas atosigadores que te hacen declinar ofertas tentadoras; porque pequeños detalles marcan la diferencia para presentar armas y aflojar el corazón de pollo: que no le gusta el café, que vive con sus padres a los treinta y tantos, que es un coqueto-eta, que no le gusta salir con los amigos del otro, que odia los días soleados, los nublados, los lluviosos, los húmedos; que pertenece a tal o cual partido político o religioso, que le va a tal equipo de futbol, que si no le gusta cierto tipo de películas, etc. Cosas completamente simples, que no tienen la menor importancia a simple vista, pero, ¡Oh, bendita memoria!... esta persona se rasca la cabeza de la misma manera que aquella otra que me dejó botado sobre cierta plaza pública, a ésta otra le gusta el mismo disco de Police con elque tenía pasiones desbordadas particularmente con aquella o aquél.

Es entonces que no te prestas al amor y para no descalabrar al corazón reluces las ya clásicas frases; “¡Pinches viejas!”, “Todos son igualitos”, “Estoy mejor solo”, pero te retuerces como los quemados cuando ves una parejilla comiéndose a besos.

A veces sucede que los fantasmas de amores pasados no hacen tanto escándalo, que tus manos encajan en otras manos, tus brazos se anudan a la perfección en otro cuerpo y la sensación de un corazón reconfortado es… simplemente maravillosa.

Por eso hoy tengo ganas de salir por la calle y escribir en silencio, sin teclado, sin pluma; salir con ganas de escribir... Y podrán decirme lo malgastado que estoy, la cara de escuincle que me cargo, la falta de educación y modales para pertenecer a un sistema riguroso de bienestar social. Podrán quedarse callados los pájaros tercos que se empeñan en cagar mis ventanas, podrán quedarse sudorosas mis manos que ingenuamente han dicho saber ya en qué cuerpo caben. Y es que no me gusta hablar de mí, no tengo mucho qué contar.

‘‘Ella lo mira a él. Él piensa que se saca un moco a escondidas de ella, al menos eso cree porque no la mira, pero ella lo ha visto ya estrujarse la nariz. Sonríe pero pone cara dura y le grita con su apodo cariñoso ¡Flaco! Él se pone rojo, pide papel higiénico y guarda aquel rastro nunca visto. Ella sabe cocinar muy bien, él odia lavar trastes. Ella detesta picar cebolla —piensa que debe haber mejores razones para llorar que una simple cebolla—, él toma el cuchillo y llora mientras canta terriblemente mal, entrega la cebolla picada y la abraza, le besa el cuello, baja sus manos, toca su ombligo, manosea su pecho, lame detrás de la oreja —sabe a hiervas finas y aceitunas—. Ella voltea con la espátula en mano, lo besa a él en silencio y con lo poros erizados, apaga la estufa, se quita la blusa, desabrocha la camisa de él y se amarra a sus brazos…’’

Bien, he dicho ya bastante sobre estar solo… Pero ahora (y sin querer) he encontrado a una Bruja que me roba mis manos y me hace proclamar en voz alta y a ronco pecho: “Permitirnos amar los unos con los otros porque el que no ama’o no conoce Cuba, chico.” 

 

 

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