Revista mensual Edición mayo 2008

Por: Reyna San Juan
Cuando vi a mi madre sostener con sus siete dedos a ese pequeño que había ayudado a nacer segundos antes entendí que lo que hace grande a una mujer que es madre no es su corazón, es su alma.
Siempre he considerado a mi madre una gran mujer, nunca deja de sorprenderme su fortaleza, su empeño, su decisión y sé que su motor hemos sido sus hijos. En este mundo habemos distintos tipo de personas, sin embargo toda mi vida he creído que nuestra madre es la base de quienes somos como individuos.
Empecé a descubrir en mi madre su entrega cuando pasaba más de 15 horas trabajando y aún se daba tiempo para bañarnos, peinarnos y hacernos de comer; siempre entraba y salía a la luz de la luna, con sus ausencias me enseñaba a ser autosuficiente.
Cuando falleció mi padre, a sus 34 años tomó las riendas de su familia, sus cuatro hijos y siguió adelante. Dándonos ejemplo de fortaleza, nos educo, vistió, crió y además siempre había espacio para quien necesitara de su ayuda.
Un día la descubrí débil, sin ganas de luchar, después de ese terrible accidente en el trabajo donde perdió tres dedos de la mano derecha. Su mundo y el mío junto con ella se venían abajo, pero cuando se trataba de sus hijos, el alma se levantaba y ahí estaba; siempre ellos antes que ella, que su dolor, su tristeza, sus emociones, su base para estar siempre de pie mirando de frente, dando la cara a lo que debía venir, luchando por ello.
Ese domingo cuando vi en su rostro esas ojeras de desvelo que acompañaban las contracciones de su hermanita, no me sorprendió, Cecilia siempre está ahí. El rostro de Faby hacía evidente la noche en vela acompañada con gritos y esa variación de emociones que se confundían unas con otras: desesperación, dolor, coraje... mientras las facciones de quien la ama, su esposo, trataba de disimular con un beso en su mejilla la angustia e impotencia que sentía por verla sufrir, al tiempo que la voz de mi madre consolaba y fortalecía a esa mujer que daría a luz.
Antes de salir hacia el hospital algo verdaderamente humano, que nos mostró lo grande y sabia que es la naturaleza y la vida misma, detuvo nuestro plan, haciéndonos participes a todos de un momento más que sublime. Ese ser que se supone debía nacer en unas horas daba aviso de que quería ya estar en este mundo y luchaba por salir sin esperar más tiempo.
Ante ese primer aviso las más de seis personas que estábamos en la sala nos movimos buscando hacer lo que justamente no sabíamos. Mi madre, con ese temple que admiro, tomó las riendas como sólo ella sabe hacerlo, seguramente recordando las veces que atendía sus propios partos. Recostó a la futura madre, le amarró una venda bajo el pecho para apoyarse: el momento había llegado y nuestros ojos no perdían detalle. Las manos de mi madre empezaron a tomar ese pequeño de poco más de 50 cm que salía del cuerpo de su hermanita de 17 años, puso en sus manos su apoyo, su fuerza y la delicadeza con la que debía recibir a Emiliano, quien empezaba a asomar la cabecita bañado en líquido y sangre. De pronto la agonía vivida en más de cinco horas se había convertido drásticamente en 20 segundos en un regalo de vida para todos.
Ceci, mi madre, con voz firme organizaba los roles, su sentido común le decía qué debía hacer, atenta a las indicaciones que la voz que yo escuchaba al teléfono le apoyaban a dar pasos más exactos.
Faby iba dibujando en su rostro una imagen de paz embellecida con una gran sonrisa envuelta en palabras que repetía una y otra vez, “soy feliz, soy feliz, soy feliz”. El rostro de su esposo era poco visible por el llanto que le cubría su confusión, su felicidad, su miedo, mientras los demás estábamos asombrados escuchando el llanto del nuevo integrante de nuestra familia.
La sangre, las lágrimas, las manos de mi mamá estaban dándole la bienvenida a este ser que no sólo nos regaló a todos un momento poco usual al haber decidido llegar con nosotros al lado, sino el descubrir en mi madre una persona mucho más fuerte, inteligente, admirable... más grande como ella, como toda mujer, como toda dadora de vida.
A partir de que aprendí a observarla es que comprendí que las mamás son así. No conozco otro tipo de mujeres, no las concibo; en distintas medidas sé que son grandes, con tremendo temple y fortaleza porque deciden serlo, porque el camino les va mostrando su fuerza; la vida, su crecimiento y su naturaleza maternal, el alma… no importa si hace falta un brazo, las piernas o tres dedos de la mano derecha, porque con el alma, el corazón con toda y sus fracturas, sus cicatrices... nuestras madres siempre están dispuestas a dar sin olvidar quiénes son.
Gracias Cecilia.