Revista mensual Edición mayo 2008

Por: Ludmylla Romero
Se me olvidó que yo te debía respeto, hablar con tranquilidad.
Se te olvidó que tú me tenías paciencia.
Se me olvidó que había cosas que te molestaban por el simple hecho de existir.
Se te olvidó que yo tenía derecho a mi intimidad y a no querer decir situaciones.
Se me olvidó que tenías una vida y llegué a invadirla sin preguntarte nada, exigiendo atención.
Se te olvidó que tú me criaste totalmente independiente, valiéndome por mí.
Se me olvidó que incondicionalmente quieres lo mejor para mí, aunque no siempre me preguntaste.
Se te olvidó que mi hija es tu nieta y no una hija más.
Se me olvidó que yo era tu hija, que te tenía confianza y una gran admiración.
Se te olvidó que tú eras mi mamá y tenías que proporcionarme seguridad, tranquilidad y fe.
Se nos olvidó que cada una nos pertenecemos y somos al mismo tiempo madre e hija.
Ahora no quiero olvidar todo lo que he vivido, aprendido porque soy madre y mi hija siempre será eso: mi hija.