Todo mundo piensa en cómo cambiar a la humanidad, pero nadie piensa en cómo cambiarse a sí mismo.
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Juana de Arco o Jeannette, como era llamada, nació en 1412, probablemente el 6 de enero en la aldea lorenesa de Dom Rémy. Su vida bien podía ser una ficción imaginada como la nuestra o la de nadie, como el estar o no estar, ser o no ser; lo importante y trascendental; lejos de las voces que se decía y/o creía nuestra protagonista oía, son los hechos. Es, para ser exacta, la alteración que Juana ejerció en el curso de la guerra de Cien Años entre Francia e Inglaterra, por lo que fue condenada a la hoguera.
Juana fue, lejos de la atmósfera de santa o hereje que algunos le cuelgan, una mujer apasionada, fiel a sus ideas y creyente por convicción propia.
Sí, es real. De Juana de Arco a María Magdalena un sinfín de hechos marcaron precedente, pero a lo largo de la historia es de éstos mismos hechos de donde surgen las dudas y las preguntas en el aire como el porqué de que Juana fuera considerada una hereje o el título de prostituta de María Magdalena, o simplemente el nexo que las lleva a las dos a ser las protagonistas del presente artículo. Así pues, tratando de aclarar un poco los hechos, me tomé la libertad de usar a estas dos liderezas para explicar algunas de las tantas dudas que atormentan mi cabeza.
El presente texto, como mencionaba, va de lo particular a lo particular; es decir de la valiente lidereza oprimida por la Santa Inquisición a María Magdalena la compañera de Cristo o prostituta –la cual no posee definiciones concisas ya que dicha tarea ha quedado a juicio del lector o seguidor de la misma-. Pero ¿qué une pues a estas dos mujeres…? Creo que lo mejor es remontarnos al inicio. Claro, con base en mi juicio e investigación.
Como es de dominio público, en estos últimos años el análisis de épocas pasadas ha dejado interminables conjeturas, refiriéndonos a cuestiones católicas, ateas o de fe. Y es precisamente de estos hechos que surja una nueva corriente que posicione a María Magdalena como una mujer de total entereza y lucha incansable; y de aquí mismo, que su título de prostituta quede en tela de juicio.
Sin embargo la pregunta sigue en el aire; ¿era María Magdalena la esposa de Jesús (o compañera, como se le decía en esas épocas) y madre de los hijos que se supone tuvieron; o era la mala del cuento: “la prostituta” como nos lo han inculcada a través de los años?
Una duda difícil y controversial –ya lo creo- la cual no podré esclarecer del todo, quizá, pero permítanme aventurarme.
Dando como respuesta a la pregunta anterior el hecho de que María Magdalena haya sido la esposa de Cristo; el análisis y la cabida en la historia de la Santa Inquisición, sobrellevada por la Iglesia Católica, en fechas de Juana de Arco no era una idea tan descabellada.
Permítanme aclarar el acto. María Magdalena, descendiente de los Reyes Merovingios de Francia, fue difamada en el 591 d. C. durante el Concilio de Nicea; lo cual nos remonta a hechos históricos tales como el Imperio Romano y de los cuales obtendré la claridad necesaria para sustentar la conexión de María Magdalena con Juana de Arco o viceversa.
La relación que presenta el Imperio Romano con la religión Católica se concluye como mero aspecto político. El problema lo enfrenta, primero, Constantino con su colega Licinio (que gobernaba la parte oriental del Imperio). En pocas palabras, con la idea de unificar a su Imperio y evitar los conflictos de fe que enfrentaban, decretaron una serie de leyes por las que concedían la libertad de cultos a todos sus súbditos.

Lo que precede es una extracción de la Constitución Imperial que fue confirmada por un edicto fechado en Milán en 313; el famoso Edicto de Milán que puso fin a la era de las persecuciones e inauguró un nuevo período de la Historia del Cristianismo:
“Habiendo advertido hace ya mucho tiempo que no debe ser cohibida la libertad de religión, sino que ha de permitirse al arbitrio y libertad de cada cual se ejercite en las cosas divinas conforme al parecer de su alma, hemos sancionado que, tanto todos los demás, cuanto los cristianos, conserven la fe y observancia de su secta y religión…
“…que a los cristianos y a todos los demás se conceda libre facultad de ‘seguir la religión que a bien tengan; a fin de que quienquiera que fuere el numen divino y celestial pueda ser propicio a nosotros ya todos los que viven bajo nuestro imperio”.
Sin embargo, el problema del siglo IV eran las habladurías (como lo es en la época actual) en las cuales Jesús pasaba de ser profeta, a Dios del mundo. Acto que, una vez esclarecida la base del crecimiento de la religión Católica, nos lleva al famoso Concilio de Nicea, del que ya les hablaba.
A comienzos del siglo IV los problemas vuelven a ser las habladurías. Y es, justamente, en este especio tan vulnerable en donde el sacerdote Arrio (de Alejandría, Egipto) ocupa un espacio trascendental en la historia y, por consiguiente, en el presente artículo.
Arrio, un amante de los términos filosóficos – ya que eran éstos el tipo de lenguaje que utilizaba para su argumentación- , decía que Jesús no era perfecto Dios: era, ciertamente, la más sobresaliente de las criaturas de Dios, pero no compartía con Él la identidad ni la naturaleza. Las cosas siguieron su curso y estas ideas alcanzaron rápida popularidad entre los seguidores del cristianismo. Dicho hecho, que llenaba de dudas y conjeturas la mente de un sinfín de personas, fue el causante de convocar el Concilio de Nicea; más que nada, para aclarar el problema (y en éste punto me permito aclarar que los concilios no tuvieron lugar hasta pasada de la muerte de Constantino).
Así pues, el resultado de dicho concilio es lo que se puede leer en el Credo de Nicea; en donde en términos filosóficos se reafirmó la divinidad de Cristo, diciendo que Jesús es: «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre…».
Lo que más tarde trató de ser aclarado por un experto en Sagrada Escritura, Luke Timothy Johnson, el cual escribe en su libro El Credo:
«En el Concilio los obispos consideraron que estaban corrigiendo una tergiversación, no la invención de una nueva doctrina. Emplearon el lenguaje filosófico del ser, porque se había convertido en el lenguaje del análisis, y porque la Escritura no les proporcionaba los términos precisos para expresar lo que era necesario exponer… consideraban que no estaban desvirtuando sino preservando la totalidad del testimonio de la Escritura» (p. 131).
En conclusión, regresando un poco a nuestra finalidad, no había espacio para María Magdalena en la nueva vida divina de Jesús ya que todos estos actos dieron como resultado un mundo conjeturas. En los términos filosóficos de quien quiera que fuera, Dios era Dios sin más ni más, sin ascendencia alguna y, por consiguiente, sin mujer y sin hijos.
Los fines, desde Constantino hasta Arrio, fueron políticos; se concentraron en una fuerza llamada fe y continuaron con su búsqueda de poder. En palabras concisas, la parte física dedicada a la opresión fue representada por la Iglesia Católica –la del nuevo Dios- en forma de la Santa Inquisición (lo que nos conecta directamente a Jeannette o Juana de Arco).
En aquellas épocas el temor a perder el poder no sólo se concluía como miseria; era el acto que condenaba al rey, era el miedo a perder lo ya construido, a no seguir con la herencia, a defraudar a sus ancestros o a su propio ego.
El miedo a perder el poder fue lo que condujo al Clero a condenar los herejes; a hacer “edictos de fe” –obligación de los fieles, bajo pena de excomunión, a denunciar a los herejes y cómplices- y “edictos de gracia” -en que el hereje, en un plazo de quince a treinta días, podía confesar su culpa sin que se le aplicase la confiscación de sus bienes, la prisión perpetua ni la pena de muerte-.
¿A qué le temía la Iglesia…? ¿Era justo que matara sólo por no perder el control de sus creyentes? ¿Qué podía ser tan grave, qué tanto se podía decir –en habladurías- en aquella época que mantuviera en el filo de la navaja al Clero? Quizá el temor a que una mujer antes desprestigiada reapareciera en escena. ¿Qué pasaría si, aceptando que María Magdalena fue esposa de Cristo y madre de sus hijos, todo el mundo se enterará que Jesús fue tan sólo humano, un profeta con ascendencia y descendencia?
Creo que me aventuraré nuevamente. La respuesta sería inmediata y trascendental, la Iglesia viviría un colapso de fe. El poder se perdería, la lucha de años y años se desmoronaría. Es quizá por esto que prefirieron seguir matando herejes y al mismo tiempo seguir siendo santos, seguir respetando la doctrina de “Dios”. Quizá por esto Juana de Arco fue condenada, quizá todo fue para esclarecer las dudas o no dar pie a ellas, para obtener el orden.
En esta guerra todo era necesario, de aquí que el 29 de mayo de 1431 Juana de Arco fuera condenada y un día más tarde quemada en la hoguera por seguir sus ideales, por ser fiel a su convicción, por ser –quizá- mujer adelantada a su época; o por miedo, por miedo al poder infinito del que el clero se hizo autoacreedor, a obrar en nombre del bien que ellos crearon, del “bien” al que dieron el nombre de Dios y por el que estuvieron –y quizá están- dispuestos a luchar, a iniciar una guerras sin precedentes. Porque “oiciuj oiporp ortseun omoc osoñagne nat yah adaN”, por eso hoy lo particular se mezcla en una sola historia, en una misma lucha…
Hoy de Juana de Arco a María Magdalena la conexión es directa.
[1] Copias de las constituciones imperiales de Constantino y Licinio, traducidas del latín al griego.
Pintura: María Magdalena de El Greco.