Amor es elegir a alguien, volverlo a elegir cada día y compartir sueños.
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Si todo comunica, bien se podría decir que todo confunde. Vivimos confundidos y más confundidos cuanto más confianza tenemos en las certezas. Por supuesto, acabo de caer en una más de mis contradicciones.
Por fortuna, para mí, en un ensayo uno puede ser contradictorio y aun así conservar el respeto de los lectores. Privilegio del que no gozan los científicos ni los académicos, quienes, en cambio, gozan de otra clase de respeto, el que inspira el orden, el camino recto, la inteligencia rigurosa.
A pesar de ello, hasta los caminos aplanados con teorías exhaustivas, con el paso del tiempo, se cuartean, les salen baches, se enchuecan. Justamente hace unos días, esperando un camión a las siete de la mañana, ¡en domingo!, pensaba en los baches que ya lesionan las teorías de la comunicación.
Puedo aceptar que es imposible no comunicarse, a condición de que ésta sea una verdad triste. Es decir, que se entienda por “comunicación” un balbuceo persistente, una tormenta de imprecisiones, una cosa más parecida al nudo en la garganta, que al discurso ordenado.
Inventaré un ejemplo: entra con un traje azul oscuro un estudioso de la comunicación humana, puede ser un lingüista, un comunicólogo, un filósofo, un antropólogo, en fin, pero su corbata es rosa, ¿por qué decidió usarla con un traje azul oscuro? ¿Querrá decir algo? Toca el micrófono y dice: buenas tardes, con un acento extraño, lo cual sumado a su nariz y a su calvicie podría revelar cierta nacionalidad, ¿pero quién exactamente está comunicando esas cosas? ¿Hay en verdad un emisor y un receptor, o sólo un malicioso y criticón receptor? Dice su primera frase: “Toda conducta tiene valor de mensaje”, y queda claro por su voz nasal que no es hispanoparlante de nacimiento. ¿Su calvicie es una conducta, se equivocó en la elección de champú? Él parece querer convencer a los asistentes de que la no-conducta no existe. Pero yo puedo mirar las paredes, los asientos vacíos e incluso mirar por un resquicio de la puerta a un árbol sumamente tranquilo en su lugar, ¿acaso sólo los humanos tenemos derecho a la conducta?
Puedo recordar también a los muertos, cuando recién mueren, y no creo que esté mal decir que son muy pacíficos. El orador continúa hablando y yo quedo absorto en más ideas estúpidas. Probablemente todos los que como yo tenían caras meditabundas estaban en la luna, ¿el conferencista se dio cuenta?
Con este ruidoso párrafo intenté decir, nuevamente, que si toda conducta genera un mensaje, entonces, somos prisioneros del ruido y de la confusión. También quisiera remarcar que para mí no hay necesariamente un emisor consciente de sus mensajes y que quien recibe estos mensajes es todo lo contrario a un ente pasivo. El receptor en realidad no necesita de ningún emisor porque le basta con proyectar sus ideas sobre los otros y sobre las cosas.
En el mundo de hoy, me parece, nuestro rol de receptores –rol activísimo, agobiante y hasta angustiante–, es más evidente que en otras épocas. Estamos sumamente expuestos a la información y con ello a no entender absolutamente nada. Después de pasar ochos horas frente a la computadora enterándome de las escandalosas minucias del día, me doy cuenta de que lo más sano para mi mente y mi espalda sería cuanto antes retirarme a una caverna sin conexión a internet ni señal telefónica. Pero no lo hago y sigo ignorante y averiguando datos intrascendentes. Hoy me enteré que en Palo Alto se encuentras las oficinas centrales de Facebook. ¿Para qué carajos quiero saber eso?
Según Paul Watzlawick nuestra comunicación fracasa cuando lo hacemos usando un código diferente. Pero creo que pecó de ingenuidad al creer que es posible sostener por más de media hora el mismo código comunicacional. Si en el lenguaje doblemente articulado hay tantas incertidumbres, palabras esquizofrénicas, frases bipolares, construcciones sintácticas gravemente autistas, etc. ¿Cómo esperar que exista un código claro para los gestos o para la ropa o para las miradas? Si todo comunica, hay múltiples códigos todo el jodido tiempo; si hacemos mucho caso de un mensaje, desatendemos otro. El estrépito de la comunicación es ensordecedor, o sea, nos obliga a desoír, a malentender, a sentir el fracaso de una plática rota.
Para escribir esto tuve que cerrar mi Messenger. Recibí seis o siete mensajes en menos de medio minuto. Menos, mucho menos, de los mensajes que recibiría si prendiera la tele o saliera a caminar por una calle transitada. Pero ahora que lo he casi finalizado, sólo pienso en estar en una sala o en una mesa de café con una amiga o un amigo, conversando de esto o de lo otro, porque tal vez así, con buena música y calma, cambie radicalmente de opinión y me alegre de que existan códigos íntimos compartidos, como las risas sabiamente cómplices de quienes al leerme, por conocerme, nada van a creer y luego de una casi sonrisa, columpiarán los ojos.
Imagen: cc 2.0 por shioshvili