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Dignificar la vida, pasarla bien

Nos amenaza el clima. Se está enfermando el planeta. Así como cuando uno comienza a sentir molestias en la garganta, congestiones en la nariz, rajaduras de agotamiento por todo el cuerpo; en ese estado que es comienzo de enfermedad y todavía no es lo más grave, me parece, está el mundo.

Las medidas para controlar el calentamiento global, para hacer menos rápido el deterioro de la capa de ozono y para prevenir los primeros estornudos de la tierra no han sido suficientes. El problema es que los granitos de arena que los ciudadanos conscientes aportan no bastan si los gobiernos de las grandes potencias no cambian radicalmente sus políticas de industrialización.

El mundo, además de ser un espacio físico, además del núcleo, el manto y la corteza terrestres, además de las diversas capas de la atmósfera, tiene capas meramente humanas, o espirituales si alguien gusta llamarlas así. En ese mundo prevalece la política, el dinero, una organización piramidal que hace pensar a los de abajo que poco o nada pueden hacer para transformar la realidad.

Pero el mundo meramente humano no es claro e indudable como el mundo físico. Posee un rostro inmenso y desigual, ya que cada persona lo ve de forma diferente. Basta, de hecho, mover un poquito nuestra propia perspectiva para observar distintos aspectos del mundo. De la mañana a la tarde con los mismos ojos podemos ver dos mundos discordantes.

“¿Qué pasa en el mundo?” No es una pregunta sencilla. Sobre todo si uno no confía en los titulares de los periódicos. Sucede que hay hombres con deseos de adueñarse de otras personas y cuentan con armas y someten; hay personas que hablan, crean sociedades y están dispuestas a defenderse; en esas luchas por el dominio o la libertad caen edificios, árboles, niños. En los noticieros y los diarios abundan las cifras, detrás de los datos abunda la sangre.

Sin embargo, si pasara un colibrí, ahora mismo mientras escribo, no me cabe duda de que me concentraría en verlo hasta que volara lejos de mi vista. Su aleteo, dice una famosilla teoría, podría causar desgracias del otro lado del mundo. ¿Cómo no sentirse rebasado, avasallado por tanta información y tanta impotencia?

A pesar de las leyes de la naturaleza, el universo conoce sendas misteriosas por las que se desenvuelve. El cosmos, el macro y el micro, no cabe ni siquiera en la imaginación. Es impensable como la muerte. Y el mundo está en el cosmos como grano de un grano de arena. ¡Es asombrosa la gran pequeñez de nuestro mundo! Y qué decir de nuestra propia voz en una asamblea de más seis mil millones de personas. Aún así, creo en la vigencia del humanismo y no admito ni una duda en mi único dogma de fe: es digna la vida humana.

Yo no veo desunida la dignidad de la humildad. Hallo dignos tanto los trabajos manuales como los intelectuales. Y creo que todas las personas humildes, es decir las que tienen los pies sobre la tierra, contribuyen a mejorar el mundo. Tener los pies en la tierra es tener preocupación por la propia casa. No creo, sin embargo, que haya que desentenderse de lo que ocurre al otro lado del mundo. Si bien no podemos evitar que un dictador ordene disparar contra ciudadanos indefensos, si se puede ir formando una opinión pública internacional que, a pesar de las múltiples diferencias, concuerde en un postulado básico: todo humano merece una vida digna.

dignificar 500x230 Dignificar la vida, pasarla bienPersonalmente, me enfrento cotidianamente en mi trabajo a un problema muy relacionado con estas preguntas: ¿qué pasa en el mundo?, y ¿cómo podemos ayudar? Porque doy clases y a los alumnos en cualquier asignatura, básicamente, hay que enseñarles qué pasa en el mundo y también sugerir respuestas a la otra pregunta que es más difícil: el problema de la educación, según yo, radica en eso en investigar las respuestas de ambas preguntas.

Para mí, llevar una buena vida es de gran ayuda para el mundo. Tal es la meta, y tal es el camino para dignificar la vida: pasarla bien. Cuando los alumnos se aburren, se disgustan o se fastidian de la Historia, del Español o de las Matemáticas, siento que no he conseguido hacerles notar que todas esas cosas académicas deben servir para algo, de algún modo, deben ayudar a ser más feliz, y por ende, a mejorar el mundo. Cuando un alumno, después de la clase, se despide de mí con una sonrisa o con agradecimiento (bien sé que puede estar feliz de que la clase acabe), siento que he puesto un granito de un granito de arena en la construcción de un mundo más habitable, y luego puedo tranquilamente lanzar bocanadas de nicotina y monóxido de carbono ya sin remordimientos.

Imagen: cc 2.0 por Hamner_Fotos

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