El hombre no teje la trama de la vida, no es más que una de sus hebras. Todo lo que le hace a la trama, se lo hace a sí mismo.
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En una ocasión, cuando viví en Acapulco, me metí a nadar al mar. Era la playa Revolcadero, mar abierto.
No pensé en las corrientes encontradas, ni me percaté del tramo que estaba recorriendo, solo nadé y nadé, como si el mar fuera mi casa y las olas mis brazos y pies, me volví agua y me dejé llevar.
Pasado el rato, giré para regresar a la playa. ¡La playa no estaba! ¡La gente se había ido! ¡No había arena por ningún lado! aquello era solo agua, agua salada, olas que chocaban conmigo y con ellas mismas.
Yo estaba a metros y más metros de distancia de la orilla y no la alcazaba a ver.
Un ataque de pánico se asomó delante de mí y me hizo temblar. -Estoy a la deriva- pensé, jamás nadie sabrá que morí ahogada, a nadie se le ocurrirá pensar eso y si me buscan, nunca lo harán en el mar.
Mis reflejos, mi instinto, mi destino lo que sea que fuere, me obligó a calmarme a mí misma, dije -no puedo darme el lujo de morir ahogada después de tantos años de nadar, no puedo pensar que me trague el agua si se supone que puedo dominarla.
Me dije -calma- solo sigue nadando a ver qué pasa. Me atreví a pensar: déjate llevar y disfrútalo, flota, nada, flota, nada.
Hablé con el mar y le dije que yo no le servía, no yo. Le pedí que me sacara de ahí. Seguí nadando.
A lo lejos vi un salvavidas de pie junto a su moto acuática, con los brazos levantados y en las manos unas banderas roja y verde.
Entendí que me vio y me dispuse a seguir sus instrucciones: alto, sigue, alto, sigue derecha, alto, sigue izquierda, izquierda, izquierda, derecha, derecha… hasta que toqué la arena con mis pies y pude salir caminando hacia él.
¿Por qué no entraste por mí en tu moto? -le pregunté-
-Porque sabía que podías nadar, si entro por ti te habrías desesperado por mi llegada, habría tenido que rodearte hasta llegar a ti, ese tiempo habría sido más desesperante, que el tiempo en que llegaste tu sola, y atendiendo mis instrucciones no pensabas en ahogarte sino en salir.
A veces la vida nos trata de esa manera, casi siempre diría yo. Pienso que la vida es ése salvavidas que nos dice: Para qué voy por ti, si tú puedes solo.
Una lección que debió haberme pasado en ése justo momento, saber que puedo seguir instrucciones y no querer que se resuelvan las cosas sin antes poner toda mi energía y fe en mí misma.
Si mis letras se parecen a las señales de ese salvavidas, entonces aquí estoy, en la orilla. Sigue, detente piensa, sigue, detente piensa, aquí te espero en la orilla, y mucha gente espera también.
Luisa Ruiz
Acapulco. México 1997
Imagen: cc 2.0 por FnJBnN