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Apegos y Desapegos

apegos Apegos y DesapegosAyer por fin cerré mi casa. Después de un proceso de divorcio demasiado largo, un noviazgo roto y con la crisis laboral que atraviesa el país a cuestas, una oportunidad de trabajar en el extranjero me sonríe como una luz de esperanza. Fue necesario, obviamente, vaciar la casa que ocupé los últimos 5 años, y las emociones surgieron a flor de piel.

Antes de continuar, les comento los antecedentes. Llegué, como les decía, hace 5 años a esa casa con toda la ilusión. Deseaba fervientemente ver salir a mis hijos “bien y de blanco”, diría mi abuelita, y envejecer al lado de mi pareja en ese lugar. Una casa del tamaño apropiado para la familia, bien ubicada… un sueño hecho realidad. Pero para hacer reír a Dios, cuéntale tus planes, dice el dicho, y así fue. Después de 3 años el matrimonio se viene abajo, la separación tiene lugar y de repente me encuentro solo en medio de la casa de mis sueños. La súbita salida de mi ex pareja (quien por cierto se llevó a mis hijos con engaños) deja en mi casa prácticamente todo: recámaras puestas, juguetes de los muchachos, ropa, zapatos, muebles… absolutamente todo.

Empacar, para empezar mis cosas, y para continuar las de todos los demás fue mucho más doloroso de lo que había imaginado. De repente, revisando cajones, me encuentro fotos de aquellas vacaciones familiares cuando mi hijo el mayor aprendió a nadar, fotos del séptimo cumpleaños de mi hija menor, la playera que me regalaron hace dos navidades, las últimas cartas escritas a mi ex, la colección de osos de peluche de mi hijo sepultados bajo una gruesa capa de polvo (hace años que no los toca)… ¡Cielos! Hay momentos que esto es más difícil de lo que puedo enfrentar.

Pero poco a poco, mientras empiezo a ver las cosas sin esos ojos llenos de recuerdos y remembranzas, me doy cuenta, por ejemplo, de la ropa que tengo… salen camisas aún sin estrenar que además ni siquiera me gustan, otras prendas que si bien alguna vez usé, tienen tanto tiempo en el armario que ya hasta pasaron de moda y me viene a la cabeza todas esas veces que paseando en el centro comercial, vi algo de vestir que me gustó y me decía a mí mismo “Tienes el closet lleno, no necesitas más ropa”.

¿Cuántas veces me sucedió? Perdí la cuenta, pero recapacité que por tener ahí toda esa ropa que ni usaba, y en muchos casos ni me gustaba, me dejé de comprar cosas que realmente hubiera apreciado y usado hasta dejarlas hechas jirones por desgaste… y seguí con todo lo demás. ¿Cuántos recuerdos se imaginan que estuve “atesorando” de lugares, situaciones y momentos que ahora, bajo la luz del divorcio, son realmente intrascendentes? Pónganle número… y les apuesto que se van a quedar cortos.

Me di cuenta de que mi vida estaba llena igual que mi armario, de recuerdos que ni me gustaban, y no iba a volver a usar. ¿No es este el mejor momento para hacer una limpia de todo? Con mejores ánimos termino de seleccionar lo que realmente me es útil y agradable, y en inmensas bolsas de basura sale todo lo que sobra. Veo salir de mi casa y de mi vida tantas cosas que alguna vez creí importantes… y en el fondo sólo son cosas. ¿Dónde está el verdadero recuerdo? ¿En el cenicero que me traje de Acapulco aquellas vacaciones, o en el corazón? El cenicero es un objeto, lo que guardo en la mente y en el alma es el verdadero recuerdo, y de ahí también, si es necesario, lo puedes sacar para tirarlo a la basura.

Ahora que cerré mi casa por última vez, al verla perfectamente vacía, me doy cuenta de que está lista para llenarse con nuevas ilusiones, con anhelos nuevos de gente nueva, que espero que se completen, y cuando me doy cuenta de que en dos maletas me cupo la vida completa, comprendo que igual que mi casa, necesitaba vaciar mi alma para poder dar paso a nuevos sueños que estoy dispuesto a conquistar.

Traten de recordar que el “objeto” y el “recuerdo” no son la misma cosa… puedes tirar a la basura el objeto sin por ello sacarlo de tu alma, o al revés, puedes olvidar a una persona sin necesidad de romper sus fotos. Para cerrar este escrito, me gustaría dejarles un dicho oriental:

“Debes vaciar tu taza, para poder probar un nuevo té”.

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Guardado en: Espiritualidad, Trabajo Interno

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