El dinero no lo es todo, pero es mejor que la salud. A fin de cuentas, no se puede ir a la carnicería y decirle al carnicero: “Mira que no me resfrío nunca”; y suponer que va a regalarte su mercancía.
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Semana Santa es una fecha especial en muchos lugares del mundo, en México se celebra en varias ciudades con grandes representaciones llenas de realismo como en Ixtapalapa, pero en esta ocasión quiero compartir algo que ha sido muy significativo para mi, en el sentido de celebrar, comprometerse y sobre todo en creer.

He disfrutado unas deliciosas vacaciones en Tzitzuntzan Michoacán, es este pequeño poblado que fue capital poderosa del Imperio Purépecha y fungió como centro ceremonial más importante desde el siglo XII hasta la llegada de los españoles en 1522, y alrededor de 1539 pierde su poderío económico y político con el traslado de la capital a Pátzcuaro, quedando Tzintzuntzan en el olvido.
Pero como en toda América, al llegar los españoles impusieron su religión y arrasaron con las costumbres indígenas, y así es como ha permeado através del tiempo una tradición muy peculiar que se celebra en Semana Santa. El Viernes Santo se lleva acabo la tradición de los penitentes que consiste en cumplir una penitencia que se ha prometido al Señor del Santo Entierro por algún favor que se le haya pedido, o bien que ya se le haya otorgado; es realizada sólo por varones, y consiste en cargar una pesada cruz a lo largo de todo el pueblo, descalzos, cubiertos sólo con un taparrabos o cendal de manta y con una máscara del mismo material, perforada en los ojos y la nariz; salen de una puerta lateral de la iglesia principal del pueblo, y hacen tres diferentes recorridos, dependiendo la promesa que hayan hecho, uno es un recorrido dentro del atrio en una representación de las tres caídas de Jesús; el segundo es un recorrido por todo el pueblo con sus treintaiseis estaciones; y el tercero y último es hasta “el ojo de agua”, es decir hasta las afueras del pueblo, con dieciséis estaciones más, y cada penitente sale de la puerta de la iglesia llevando un rosario y una “disciplina” que consiste en una especie de lazo con clavos en uno de los extremos con el cual se lacera la espalda, sale acompañado por dos ayudantes que, uno detendrá la cruz mientras que el otro lo acompaña a acercarse a la estación para que rece y se azote y así continúe de estación en estación hasta cumplir su penitencia. Ya sean las 3 caídas, las 36 estaciones o las 52.
Lo más hermoso de haber presenciado este ritual (que para mi gusto es bastante agresivo y personalmente yo no creo que el hacernos daño físico sea una ofrenda a Dios), fué lo que para mi significó estar ahí, pero sobre todo compartir la vivencia de la salida de los primeros penitentes, con un hombre que había cumplido hace algún tiempo su propia penitencia que llevó a cabo por treinta años, bueno, treinta y uno, porque resulta que para cerrar el ritual que inició, necesitan dar una última vuelta en sentido contrario para cerrar la manda, “por qué si no, no se cierra y no se cumple” que en este caso fue de treinta y un años. Si, el señor que veía la salida al lado mío daba explicación a todas mis curiosas interrogantes. Preguntas que en ocasiones el observaba con asombro, yo veía que en momentos no podía creer que le preguntara semejantes dudas, y esa es la parte que más me asombró, cuando me responde que no hay manera de no cumplir la manda, que una vez que uno ha prometido no hay cuestión, hay que hacerla hasta el final, y yo le preguntaba: “Bueno, pero y que tal que uno se enferma, o le pasa algo, o simplemente decide que fue mucho y no quiere concluir” y me veía con cara de “ ¿¿¿¿Cóoomooo???? No hay manera que alguien no quiera concluir, si usted ya hizo una promesa hay que cumplirla.
Y yo me fui al poco rato con esa respuesta y muchas interrogantes en mi cabeza, ¿por qué prometer y lacerase para obtener un favor de Dios? ¿Dios querrá que nos lastimemos? ¿Qué tendrían que saber ellos para reconocerse hijos de Dios sin hacerse daño? En fin, miles de preguntas y cometarios que surgían entre los que presenciamos todo el evento, proponiendo “trampas” para no terminar, o pretextos para evitar hacerlo, y los jóvenes que venían con nosotros impresionados de ver el ritual del hombre que cargaba su cruz y se laceraba la espalda, eso fue de lo más impresionante, verle sangrar la espalda cuando apenas llevaba como siete estaciones, y el cuidado con el que tenía que ir para no lastimarse con algún vidrio en el suelo ya que, como decía, van descalzos, que dicho sea de paso, para eso son los ayudantes para acompañarlos y apoyarlos, ¡ah! Olvidaba decir que esto es en silencio, y que ni con sus ayudantes pueden hablar, si se llegara a encajar algo en el pie solo lo levanta y el ayudante debe atinar al paso que pueda para quitarle lo enterrado, porque no pueden parar.
¡Si! Muy impresionante, y enriquecedor, porque me di cuenta que ellos aunque concientes de lo que puede significar el ritual eligen hacerlo sin la menor duda creyendo que el beneficio lo tendrán, esa fe que mueve montañas y que en verdad las mueve para ellos, al platicar con “los míos” con los que como yo, hemos aprendido a vivir en una sociedad cómoda y relajada, y al compartir la experiencia recién vivida todos opinaban la inutilidad de hacer algo así, la ignorancia que deberán tener estas personas para aceptar un ritual de 30 años de penitencia como lo hizo mi compañero de visita, y entre esos comentarios algo giraba y no comprendía en mi cabeza, pero creo que más bien era en mi corazón: No podía comprender que poca conciencia tenemos con el compromiso, con la fe, con el creer y luchar por algo que de veras creemos, y creo que eso es algo que nos hace falta a nuestra sociedad; a esta sociedad sin dolor, ni sufrimiento como la sociedad europea que ha vivido guerras y saben lo que significa rifársela por otro, defender hasta con la vida a un ser querido, y creo que nosotros no hemos aprendido a rifárnosla así, a sentir que se nos va la vida por alguien, por algo en qué creer, y consideramos que los que pueden ver así son fanáticos y tontos, y que no tiene sentido.
Lo que he aprendido de toda esta hermosa lección que estos hombres sabios y experimentados me han enseñado es que creer en algo te llena el alma, te da sentido de vida y que es posible de hacer, porque todos ellos saben que lo harán y lo concluirán pase lo que pase.
Y eso, creo yo, es valor y compromiso, Fé, y humildad, y no puedo más que honrarlo, agradecerlo y aprender de ello.
Y como no creo en lastimar mi cuerpo para tener el favor de Dios, si se que hay muchas cosas que puedo dejar a un lado a manera de penitencia, puedo dejar de evadirme, puedo despojarme de mi miedo a ser exitosa y brillar, puedo arrancarme la necesidad de controlar para sentirme segura, y eso, creo yo, seguro que me traerá esos beneficios que estoy buscando alcanzar en la vida.
Aprender de los hombres michoacanos, de los sabios penitentes de Tzintzuntzan ha sido un honor y les agradezco de corazón, porque debo decirles que para concluir mi investigación acerca de cómo concluyen sus penitencias los que prometen me ha contado una mujer muy sabia que conozco de allá y tuve la fortuna de escucharle varias anécdotas más acerca de este tema, que dicen los propios penitentes, que cuando alguien muere sin haber concluido su manda, después de muertos regresan a terminarla los años que les faltaron, y que sólo ellos que van en su recorrido pueden verlos, porque no puedes llegar a una estación que esta ocupada por otro penitente, hasta que se haya ida éste, y se reverencian así que si hay uno aunque muerto, ellos si lo ven, lo reverencian y continúan, y al final los reportan, cuántos difuntos vieron que los ayudantes no.
Pero ésta… ¡ésta es otra historia!
http://www.inafed.gob.mx/work/templates/enciclo/michoacan/mpios/16100a.htm
http://www.aztecanoticias.com.mx/notas/tour/51104/cuenta-michoacan-con-fiestas-unicas-de-semana-santa
Imagen: CC 2.0 Iglesia en Valladolid Fotografía: Ángel Cantero.
Esto es parte de nuestras tradiciones. Abrazos.
Así es!!! y en verdad es un placer que las podamos vivir para aprender de ellas!!
Saludos!!!