Yo soy libre. Nada puede contener la marcha de mis pensamientos y ellos son la ley que rige mi destino. R
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Tomé asiento y de inmediato sentí ganas de llorar. Había una persona, un hombre quien admiraba la arquitectura de aquella iglesia, sólo él, y sin embargo no reservé mis lágrimas; removí mis lentes obscuros y sin más, lloré.
Al parecer esperaba ese momento para sollozar, es como si hubiese guardado las emociones para en un tris dejarlas salir, o quizá me vi conmovida por la sensación de paz, la calma en mi espíritu o la serie de acontecimientos actuales en mi vida. Como sea, di un suspiro y lo dejé todo fluir.
Medité en el motivo, pero no lo encontré, realmente lo buscaba sin buscar, no todas las cosas en el mudo requieren de una explicación inmediata, yo entré ahí por casualidad, por necesidad, por claridad, por decisión, ¿qué más razones requería?
Recordé esa palabra “transmigración”, estaba ahí sentada sobre la banca buscando un pañuelo para secarme y ese significante vino a mi mente. Debí haber transmigrado aquello que no me pertenecía, lo delegué, lo entregué a los propietarios, todo sonaba cada vez más y más razonable.
Para entonces me encontraba sola, en ese enorme espacio lleno de imágenes religiosas: santos, ángeles, vírgenes milagrosas, adornos barrocos con el dorado por delante; el altar, la alfombra roja por donde desfilan miles de personas con sentimientos encontrados y visitan a su Dios, a ese ser ambiguo e imaginario.
Entonces sucedió, días antes posteé en mi muro de Facebook la frase “Dios es raro”, ¿raro en qué sentido?, ¿cómo podía una deidad ser extraña? Podía, en la medida del ser mortal quien lo juzgaba, y si una parte de esa entidad habitaba en mi persona, entonces éramos homólogos. Si él era raro, yo era rara; ambos o ninguno. Ahí estaba mi respuesta.
Sin un alguien a mi alrededor yo estaba. A uno le da miedo la soledad, es algo cultural y hasta cierto punto, globalizado. Entre los seres humanos hemos creado una especia de cultura versus el aislamiento, miles de frases y reflexiones han sido escritas al respecto, se le teme casi tanto como a la muerte, se le considera una especie de muerte en vida, pero ¿qué es…? ¿Qué es la soledad en sí misma?
Ausencia, carencia de compañía, involuntaria o voluntaria, eso es. Así me encontraba dentro de aquella mediana iglesia, entre lágrimas y dudas, dilucidaba mejor mi existencia, mi presente, a mí misma. Entre otras cosas, ahí radica la utilidad de la soledad, en ver los millares de aspectos que permanecen insólitos en compañía.
No estaba privada, no, no era una especie de llanto nostálgico inconsolable, era un lloriqueo, de esos que exclusivamente se disfrutan sin acompañantes tangibles, era un lamento de transición, de aceptación, algo así como un canto de alegría.
Permanecí ahí, respirando sin hacer más. Quedé suspendida en un instante insondable el cual me diera la honestidad suficiente para realmente ver a detalle, y en medio del silencio, hilar acontecimientos, descifrar las señales que habían dejado de ser una incógnita para adquirir un orden, una sincronía, un sentido.
Me tomé mi tiempo, lo tomé con calma, no me apresuré ni divagué; no estaba sola porque mi ser completo estaba ahí: mente, cuerpo y espíritu.
Ahora pienso que ni la soledad misma se encuentra sola porque tiene contraparte, y bajo esas leyes dicotómicas sobre las que funciona todo lo que hay, nunca nada existe sin su antítesis.
Imagen: cc 2.0 por Vik Nanda
Laura!! me encantó tu artículo!! me gustó mucho tu reflexión, y sobre todo me recordó momentos en los que me ha pasado algo similar!!
Me da gusto tu regreso y espero que nos cuentes más acerca de tu viaje por este medio!! Besos y gracias por compartir y hacernos reflexionar!!!