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Dios existe

Creo en Dios, o en una especie de él, lo digo en el sentido menos religioso posible, y dejo asentado que siempre he creído en él, aunque en ocasiones se me olvide —muchas veces en realidad.

No hablaré de Horus, ni de Mitra o de Jesús, Buda ni Krishna; ninguno de esos Mesías quienes fueron el significado para tal significante de deidad, ha “tocado” mi alma —por así decirlo—, si existieron, tienen mi respeto, pero no soy su seguidora.

luminarias 173 590x230 Dios existe¿Por qué creo en Dios entonces? Por necesidad no; sin embargo, en alguna de mis etapas recientes de reconocimiento, debí haberme dado cuenta de que, a pesar de la secuencia de eventos desafortunados, de mis insaciables deseos, obscuros pensamientos, amplias decepciones, angustias lastimosas, recelos macabros, pensamientos de duda e incertidumbre; yo aún conservaba la esperanza.

Estoy en la certeza de que precisamente la fe, es lo último que se pierde y lo primero que se invierte; fe en alguna persona, situación, proyecto, realidad complicada; fe en el clima, en la palabra de las personas, en sus silencios, sus amistades, sus cariños; fe en el regreso, en lo desconocido y por conocer; fe en las razones, en las soluciones y en los porqués; siempre ante todo, se encuentra mi fe.

Asirse a este tipo de estado mental puede verse como una manera ingenua y superficial de ver la vida, sin embargo, es la única que me resulta; conservar esa actitud positiva, y pensar que no todas las lluvias son tormentas, ni todo el hielo es granizo, porque hay muchos tipos de hielo y las volubles nubes son quienes deciden cómo helar, pero yo decido mi postura ante tal helada.

Estoy convencida de controlar una pequeña parte del universo, la única a mi alcance, ésa que exclusivamente abarca a mi ser y mi persona, fuera de ese contexto, no tengo control, pues cada uno de nosotros regimos un pequeño e irrepetible universo.

Entonces, el otro día sucedió una situación reveladora, no de ese tipo de epifanías que llegan repentinamente cuando uno está dormido, derivada de algún evento que poco se relaciona pero mucho tiene que ver, no, en realidad tuve que enfrentarme a mí misma, a mis inseguridades y eventuales impericias, ello me hizo reafirmar la existencia de “ese Dios”.

Desde que tengo memoria, hay una sensación en especial que detesto experimentar: el sentirme incapaz. Así, cuando se han presentado acontecimientos los cuales me da miedo enfrentar, y me hacen cuestionar si  saldré victoriosa de ellos, los emprendo con más ganas porque de alguna manera sé que voy a lograrlo, sin embargo, el contexto cambia cuando una se topa con pared y confronta su propio ego.

De vez en cuando se requieren de estas lecciones de humildad, pues de repente sus niveles se encuentran en la reserva, titila el foquito de advertencia, y no obstante, lo ignoramos…

Me parece que uno desarrolla la egolatría como mecanismo de defensa ante el incesante cuestionamiento de las capacidades —dentro de un mundo laboral por demás competitivo— pero ¿hasta dónde deja de funcionar como armadura para fusionarse con la personalidad? Es un peligro latente, y en lo personal, le temo un poco a ello.

No daré detalles de mi imprevisible pero bien merecida vivencia, sólo diré que me ha desafiado en un escenario donde tengo dos opciones totalmente opuestas: o abandono definitivamente ese camino o lo transito con más cautela, y en lugar de utilizar el ego como escudo, hago uso de armas eficaces, diseñadas para tales situaciones, las cuales, cuando me toque desenfundar, tenga siempre en mente mi único y real contrincante: Yo misma.

No es amenaza, pero ego, ponte a temblar, porque ¡Dios existe!

Imagen: CC 2.0 Cristina Mendoza

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