Yo soy libre. Nada puede contener la marcha de mis pensamientos y ellos son la ley que rige mi destino. R
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Cuando proyectamos nuestros miedos y temores sobre nuestros hijos, afectamos negativamente sus vidas. Imaginamos peligros absurdos y los defendemos de monstruos inexistentes. En nombre del amor que les tenemos no les permitimos vivir ni disfrutar. Crecen atemorizados a veces sin saber por qué. Entonces, por el temor de que este mundo agresivo y violento los lastime, los sobreprotegemos y en vez de capacitarlos para saber defenderse, los volvemos escuálidos y pusilánimes.
El mensaje de la sobreprotección es aterrador, pues asfixia el natural desarrollo del hijo, que crece enclenque y marchito emocionalmente, lleno de inseguridad y miedo, y se queda dependiente. Pero un hijo que nunca logra independizarse significa también que nunca logra su completo desarrollo como ser humano. Logramos realizarnos cuando en libertad podemos escoger nuestro propio camino, cuando tomamos decisiones y asumimos las consecuencias. Pero un hijo dependiente nunca da este paso. Como el parásito que no tiene vida propia, no conoce sus dones, su fortaleza, ni su individualidad, pues vive siempre a expensas de otros.
Vivimos una época de grandes retos, entonces, ¿cómo mejor capacitarlos para sobreponerse a los conflictos que les saldrán al encuentro? Si la sobreprotección los debilita, la confianza los fortalece. Cuando confío en mi hijo le doy permiso para que él también confíe en sí mismo. Le digo sin palabras “Yo sé que tú tienes en ti todo el potencial para salir adelante.” La confianza es pariente de la valentía, que le da las agallas para mirar de frente, el peso para sostenerse en lo que cree y la fuerza para enfrentar al mundo. Este valor le dará la voz cuando sea adulto para que pueda hablar su verdad.
En cambio, una persona sin valentía es una persona tímida que camina a la sombra de los demás. Que sólo transita por el camino de lo seguro pues teme adentrarse por las veredas desconocidas. Es una persona que quisiera, pero no puede. Que sueña, pero no alcanza. Que se agacha y termina por conformarse. Y al final de sus días se tiene que reprochar todas las oportunidades que la vida generosamente puso a su alcance pero que por miedo no se atrevió a tomar. ¿Acaso queremos esto para nuestros hijos?
Enseñe a sus hijos a crearse una realidad maravillosa. Confíe en sí mismo y muéstreles cómo confiar en ellos mismos. Confíe en la vida, y enséñeles a avanzar con valor y seguridad. Goce de la vida, y sea un ejemplo para que sus hijos también aprendan a disfrutar.