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¿Cuánto es suficiente?

Esta pregunta me ha rondado la cabeza yo creo que desde que empecé con los temas del amor y desamor. ¿Cuánto es suficiente dejar que el susodicho se acerque? ¿Cuánto es suficiente dejar que sus manos toquen las mías? ¿Cuánto es suficiente durar en un beso? ¡Uf! Y las preguntas se fueron complicando conforme pasan los años, los amores, las experiencias.

De tal forma, así como los conflictos se presentaban estando enamorada, en el tema del desamor las preguntas me agarraron peor de desprevenida: ¿Cuánto es suficiente esperar? ¿Cuánto es suficiente creer? ¿Cuánto es suficiente aguantar? Ahí todo el mundo daba consejos: que si la madre, que si las abuelas, que si las amigas. Todas con “buenas intenciones” por supuesto, pero sinceramente, nada nos sirve. Mucho menos los consejos.

50s1 590x392 ¿Cuánto es suficiente?Aclaración previa: No hablaré en este momento sobre enajenación, ni la obsesión disfrazada de “amor incondicional” que resulta más bien una enfermedad alimentada por estereotipos, frases de papelería y telenovelas. En esos casos considero que no solo se pierden los límites personales, sino del mundo entero. Para tratarlo, la ayuda profesional es lo mejor.

Hablaré en cambio sobre mi concepción del amor, mi educación sentimental (construida con base en experiencias, propias y ajenas) y las eternas charlas de café al respecto. Seguro coincidiremos en algunos puntos, en los que no, podremos tratarlos (como dije, nunca terminamos de aprender al respecto).

Retomo el tema: “Los límites del amor”… de alguna manera me duele pensarlo. Me llega porque nos veo y nos recuerdo haciéndonos la misma pregunta: ¿Estaré haciendo lo correcto? Vienen a mi mente interminables horas de pláticas con mis amigas donde el tema era el desamor, ¿Qué hice mal? ¿Estuvo bien? ¿Fue lo mejor? Dábamos vueltas al asunto, lo lloramos, nos abrazamos,  lo bebimos, se fue… asimílalo. Después de tanto, al final aprendimos sobre aquello que queríamos o no para nuestra vida. Les tengo una mala noticia: tal aprendizaje es personal.

La mujer que se aferra a ser querida cuando es evidente que no despierta el menor interés; la que se enamoró de un hombre casado; la que prefiere ser La Catedral aunque haya muchas Capillitas; la que espera una llamada; la aferrada a una fotografía o un recuerdo; la que sueña con una posibilidad, quizá una mirada; la que finge no enamorarse pero siempre termina involucrada; la que todos los días despierta con un “hoy seguro va a cambiar y se dará cuenta”; la que deja su vida por seguir a su pareja donde vaya; la que sabe que tiene un compañero pero sabe también que su relación fue construida con base en acuerdos (mejor dicho, delimitando). Cada mujer enamorada es una historia de límites.

Regresamos a la misma pregunta “¿Cuánto es suficiente?” Poner límites no es fácil. Todos los días se deben construir, reforzar. Para esto, solo tengo mis leyes de oro: “…hasta que me duela” y “…hasta que me aburra”.

Algo tengo muy claro: el amor no duele. Me parece hasta antinatural que algo que suena tan lindo, duela. Díganlo: AMOR. ¿Ya ven? No suena agresivo ni fuerte. No es agresivo. No duele. Basta ya de estigmatizarlo. Si acaso solo creo en el amor incondicional de los padres a los hijos, nada más, y aun así, no debería ser sufrido como intentaron hacerlo creer en las películas mexicanas donde la madre era prácticamente la esclava de los hijos y el esposo. De ahí en fuera, un amor que duele es un amor que no sirve. Es odio, es egocentrismo, es ponernos retos absurdos que no servirán de nada, porque cuando una no es amada, no depende de nosotras demostrar lo contrario. ¿Me duele amarte tanto? No. Si nos ponemos en papel de víctima, inevitablemente el otro será verdugo. ¿Amamos al verdugo? ¿O lo odiamos tanto para ponerle ese papel?

Ángeles Mastreta, en uno de sus cuentos de “Mujeres de Ojos Grandes”, habla sobre el proceso que tenemos algunas mujeres de dar vueltas, una y otra vez, sobre el mismo tema hasta que llega el día en que lo olvidamos. Hablar, analizar, resumir, encontrar diferentes respuestas, podría parecer como una tortura autoinfringida. Sin embargo, creo que es parte de la terapia, de encontrar posibilidades para futuras escenas. Para mujeres como nosotras, no hablar nos lleva a quedarnos en el momento, a no superarlo, a enloquecer porque nuestra mente se ha quedado atorada. Y una vez que desmenuzamos el asunto, se deshace en la olla de vapor de nuestra cabecita. Por eso, aburrirnos del asunto muchas veces nos lleva a poner fin a algo que nos dañó. Encontrar nuestro límite.

Insisto, es algo personal. No podemos “regañar” a las otras (amigas, hermanas, hijas, madres) porque sus formas no coinciden con las propias. Ni tomar el papel ligero de “haz de tu vida lo que quieras, no me importa” porque podríamos enfrentarnos a severos casos de violencia, por ejemplo. Sin embargo, ser siempre oídos y apoyo aligera mucho el viaje entre nosotras. Es importante mantener la confianza para generar autoestima, buenas decisiones, mujeres empoderadas, por lo tanto, límites inteligentes.

El amor a fin de cuentas, debe empezar por el propio.

Imagen CC 2.0  Raphael Labbé 

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Uno dijo que...

  • Lunis dice que:

    Luego resulta que somos unas mensas a los ojos de todos por no hacer lo que nos dicen todos que debemos hacer o sentir, o sea, lo que dicta la sociedad, me quedó grabada una frase de la peli de Sex & the city: “si estamos dispuestos a escribir nuestros votos, por qué no también nuestras reglas?” Gracias por la reflexión! Atte Lunis

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