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Ese amante por venir (parte I)

ese amante por NeoGaboX Ese amante por venir (parte I)

En esos días donde las hormonas no parecen controlarse, el arrojo aflora, y entre el clima cálido y las emociones ardientes, se imaginaba a sí misma en alguna insólita aventura, encerrando entre sus piernas a ése amante por venir.

Para estimular la fantasía, se remitía al abdomen de aquél hombre en su pasado, quien la hiciera elevarse a cielos desconocidos; no había sido el más cariñoso, pero hasta cierto punto, su lujuria disfrazada de caballerosidad era un aspecto electrizante, el mejor; la piel se le erizaba cuando sus pechos chocaban, perdida totalmente mientras él paseaba sus manos masculinas sobre estrechas áreas a través de su cuerpo… El contexto se nulificaba, desaparecía en ese momento.

Sin embargo, había otro hombre, ahí todo era diferente, hasta el aroma sutil de su presencia le provocaba desvaríos, difícil controlarlo, la pasión salía indiscreta del escondite, se manifestaba como si un espíritu la poseyera, porque, al margen de verse alienada hacía los físicos del individuo, encima de todo, le guardaba profundos sentimientos.

Pensaba en anatomía, no sabía tanto del tema como su amado, vivía en completa ignorancia, estado que le proveía de felicidad al pensar cómo se conocería a través del calor de aquél aliento, de esos labios, preciso tacto, enervante voz; vislumbraría nuevos lugares en su cuerpo donde se localizan cada uno de los detonantes del deseo, productores de adrenalina, la cual, habría de preparar dichas pieles para someterse a las de él.

Sufría enajenación derivada de la humedad que atravesaba los poros del cuerpo de dicho hombre, y se hacía visible en tan torneados y maravillosos brazos, empapados de su deliciosa transpiración, humedecidos con la única finalidad de provocarle apetito por su esencia; ella manifestaba codicia por esa misma entrepierna, y anhelaba ofrecerle un refugio recubierto de cálido frenesí, análogo a la furia que inundaría su interior.

No paraba ahí, apenas comenzaba; cuando articulaba las tres poderosas sílabas de su apellido, las cuales no cesan de remitirle la seductora y distintiva retórica de su galán, apuesto cual numen, cautivador cual estro; alargadas cejas con perfecto acabado en tan notable rostro; le evocaba la tesitura y estela de su risa, precedida por el gesto amable, y esos enormes ojos sorprendidos que acompañaban galantes a sus orejas.

Ese hombre, representaba la materia prima de las cavilaciones de aquel cerebro femenino, una vez comenzaba, no paraba, no frenaba de traerle a su memoria… Él, personificaba el manjar vital de su existencia.

Duradera es la afición hacia un sujeto cuyas pequeñas acciones le mantenían entre el responder a los principios, ser fiel a un específico sentimiento ajeno, o moldear los instintos con las emociones para no dejarse llevar en desenfreno; ese era el caso de la joven, quien anhelaba con intranquilidad al susodicho hombre. Él, si no escéptico quizás inquebrantable, y sí, hasta cierto punto ignorante de los lascivos pensamientos de aquella mujer amante, cuya piel protestaba desde las mismas entrañas, sus ansias incontenibles por poseerle completo.

Como si el universo conspirara o cualquier otro ánimo se congelara, sencillamente se dejó fluir en presente ocasión, aprovechó esa mirada confusa, un tanto indiferente, fiel momento en que él bajó la guardia, suspendió toda emoción, y la pasión arrejonada, escasamente alentada, hospedad por meses en el exilio, emergió, como si fuera una verdad absoluta.

El individuo finalmente se vio reflejado en los ojos de aquella mujer, en sus palabras, en los susurros de su piel que le rogaba por una caricia, por un roce efímero de sus dedos alargados, ansiosos de atención, clementes por el permiso de abrirles un andar, un viaje sobre la suave tez de mujer, una senda entre su escote, del cual no podía negarse cautivo.

Estaba frente a ella para corresponder a tales añoranzas, y retroalimentar la comunicación no verbal, en donde los humores, los alientos, las miradas, los labios humedecidos, el tacto vacilante y desesperado, habían resuelto labrar el recorrido.

La miró por un momento, en son de duda, ella inmóvil, su boca entreabierta, los ojos expectantes, el pulso se aceleraba, sus pezones se asomaban ya sin reservas; impacientes, éstos rogaban por el detonante del momento, por el beso tímido. Por fin, ella probaría el olor de un sudor emanado de las perfectas extremidades superiores de su acompañante, sin importar su forma ni su tamaño, siempre les había considerado incomparables, y hoy, finalmente se sentiría parte de ellos, los fundiría en su cintura como refugio eterno.

Imagen: cc 20 por NeoGaboX

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