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“A lo único que tenemos que temer, es al miedo por sí mismo” Roosevelt
El miedo; también conocido como pavor, pánico, terror, horror, susto, temor, angustia; es una emoción con una cualidad específica: nos mueve a realizar las cosas, o nos hace permanecer inmóviles, una de dos.
En mi experiencia, nunca está solo, se ve acompañado por diversos sentimientos o estados de ánimo, los cuales lo intensifican o lo debilitan, dependiendo de la situación en la que surja. Y bueno, a lo largo de la vida una persona va lidiando con una multiplicidad de aspectos a los que teme, sin embargo, aquí comenzaré desglosando uno: el miedo a enamorarse.
Una vez, hace no tanto tiempo, un hombre me dijo, “Me das miedo”, no explicó más, no mencionó razones, sencillamente hizo esa declaración. Mis pensamiento se conflictuaron, es más raro provocar el miedo, que sentirlo ¿Cómo alguien podía ser capaz de albergar en su interior, eso hacia mí? y ¿de qué manera?, es decir, ¿a qué le temía exactamente?
Lo crean o no, nunca obtuve la respuesta, sin embargo, considero que no lo decía por temer enamorarse, sino más bien, por no poder ser capaz de hacerlo, o de sentirse de la misma manera que yo.
Al margen de sus pensamientos, seré realista al respecto, y tal sensatez sólo me indica algo: me daba miedo su miedo…
Cada persona hace nacer en nosotros algún sentimiento desconocido hasta el momento, no se reproduce ni se clona, no son los mismos; unas emociones pueden ser menos duraderas, variar sus niveles de intensidad y un sinfín de propiedades, pero iguales, ninguna.
Yo confieso: temor a enamorarme nunca he tenido e, irónicamente, sólo me ha sucedido una vez (quizás dos). Sí, me han interesado varios hombres, he sentido atracción y gusto por ellos, pero no lo suficiente.
Desafortunadamente, a veces la situación ha sido a la inversa, quien no baja la guardia es el otro, lo menciono porque recientemente, una de las personas a quienes hice referencia de ello, lo admitió; me dijo “tienes razón, estoy a la defensiva”. Me dio algo de placer lo haya notado, en ocasiones requerimos vernos a través de la mirada ajena, no obstante, pude comprobar en dónde se encuentra la raíz del miedo: en enamorarme, negativo; en que el objeto de los afectos no corresponda, positivo… ¿Así o más complejo?
‘Uno sólo es responsable de los propios sentimientos, acciones y pensamientos, se está solo con ellos. El universo se reduce a lo que podemos controlar, se limita a nuestra persona.’ Esto lo aprendí a través de chipotes y moretones, pero el concepto no me abandona, lo percibo latente, especialmente cuando está por acabarse la paciencia para darle paso a la ansiedad o a la angustia porque las cosas -no únicamente en las relaciones interprersonales-, no salen como quisiera; cuando entra el libre albedrío de alguien más, se merman las opciones. Es elemental.
Regreso al miedo por el miedo, y le doy la razón a Roosevelt, generalmente en el cosmos de las emociones, tememos numerosos aspectos a considerar, y sin tomar en cuenta el punto de vista de la otra persona, nosotros como seres individuales, podemos únicamente vencer los propios temores; así, yo por mi parte he derrotado uno, precisamente aquél pánico por reconocer y comunicar lo que siento, y por quién lo siento, (hablando en el plano romántico) es decir, hay de dos sopas: o corresponden o no, punto.
Mi sabia amiga Edith opinó al respecto “una mujer está acostumbrada a que ellos tomen la iniciativa Lau, siempre esperamos, como si no pudiéramos nosotras expresar lo que queremos, ¿por qué no hacerlo? Es válido, y claro, debemos estar preparadas para cualquier reacción y/o respuesta, pero a fin de cuentas, lo sabremos…”
Pienso que finalmente, cuando de sentimientos se trata, no hay equivocaciones, todo es un ensayo, una especie de preparación, en la cual solamente se debe temer al miedo por sentir o expresar lo que siente/piensa, no al resultado final, eso ya es una reacción.
A mí, el miedo me ha movilizado, y aunque siga contendiendo por el resto de mis días, será un digno contrincante, porque no le temo a él, y en este particular caso, tampoco a sus consecuencias.