Dejamos de temer aquello que aprendimos a entender.
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En la infancia suelen tenerse grandes expectativas para el futuro, soñar con lo que le gustaría ser de adulto, sea bombero, astro del futbol, astronauta, estrella de cine, una gran bailarina; etc. Yo, algún día soñé con ser una gran patinadora artística… pero como los rusos, no vayan a pensar que cualquier patinadora del montón. Quería ser campeona mundial, olímpica y galáctica y mostrar mis prodigios trenzados con los acordes del Pájaro de Fuego de Ígor Stravinsky en alguna pista de San Petersburgo, cual moderna Anna Pavlova. Y por supuesto que no tuve ningún problema en… contarle este sueño a mi abuela.
Pero hubo otro sueño, ya siendo adolescente, que nunca le conté a ella, menos a mi madre o a mi padre; lo que yo secretamente anhelaba era ser una femme fatale… comme il faut. Desconozco la razón de semejante sueño, quizá porque imaginaba que mi vida como tal sería absolutamente trepidante, alejada de la monotonía y el aburrimiento de los fogones y demás obligaciones domésticas; me proyectaba ataviada con un ajustadísimo vestido negro de sugerente escote, medias de costura trasera y altos tacones, coronada mi abundante cabellera por un sombrerito de red y fumado cigarros con boquilla. Es decir, vestida para matar; es decir, el cliché total. Y ya me veía yo, rodeada de hombres; cuando menos con cuatro amantes: uno mayor que fungiera como mecenas (o sea, no hay femme fatale que se respete, hambrienta y mal vestida); uno medio gánster, para ponerle sabor y emoción al asunto; otro, poeta de preferencia, perdidamente enamorado y pobre (que para eso tendríamos al mecenas) y otro, niño bien y medio bobo, a cuya púdica e hipócrita familia fuera un placer… escandalizar.
Seguro que el origen de semejante elucubración está en el cine, específicamente en esa joyita del cine alemán de los 30’s El ángel azul, que vi en la prepa (a los quince años) como actividad extra de mi clase de ciencias sociales. Yo veía a la Marlene Dietrich, a Lola Lola, con esa miradita, con esas portentosas piernas; con ese todo, llevando a la perdición al pobre profesor Rath, quien por andar queriendo espiar a sus alumnos acabó… como acabó. Se me figuraba que no podía haber en el mundo una aventura más emocionante que seducir, subyugar y llevar a la perdición a unos cuantos hombres y entre más reticentes, mejor.
El cine, el llamado cinéma noir en especial, nos ha dado incontables ejemplos de femme fatale, quizá mejores que Lola Lola; pero para mí, es Marlene Dietrich, esa rubísima mujer de fría y sofisticada belleza -quizá hasta un tanto masculina-, la encarnación (tal como Rimbaud lo es del enfant terrible) por antonomasia del mayor arquetipo de la femme fatale en toda la historia del cine. Además, cantaba con esa voz pastosa, con su singular estilo, que más que intentar la perfección vocal, buscaba –y lograba- seducir a sus oyentes.
A juzgar por la historia de su vida, creo que Marlene fue una femme fatale de tiempo completo, mucho más allá de las pantallas cinematográficas. Dicen que era una actriz apenas eficiente, sin grandes destellos de brillantez, pero supongo que eso a casi nadie le importó.
En mi opinión, en la actualidad las femme fatale son, como otras muchas cosas, un tanto light; ya no abunda el aire de misterio. En esta época en la casi todo está permitido, hablar de la perdición de un hombre a causa de una “mala mujer”, de una moderna femme fatale, como que ya no tiene el mismo significado.
Antes, la promesa era aquello que ocurriría en la oscuridad; el poder descender con la complicidad de noche a la profundidad de los sótanos; lo que paradójicamente significaba, ascender a la cima más elevada del placer: el placer prohibido, casi trasgresor. Pero ahora, habrá mujeres lagartonas, como les dice mi mamá, que le pueden “volar” a una el novio o el marido y de paso, arrasar con su cuenta bancaria o saturarle su gold card. Pero como que les falta algo; ese halo de misterio, esa mezcla de perversidad e ingenuidad. Además, ya no se usan esos maravillosos vestidos negros ajustados que llegaban justo a la rodilla, ni la medias con costura, ni lo sombreros de red, ni los cigarros con boquilla. Y para colmo, la anorexia que caracteriza a las féminas de nuestros días, me parece todo… menos seductora o detonadora de pasiones ardientes y prohibidas.
Imágen: Marlene Dietrich por Don Eglish (1932, publicada en The Shanghai Expres)