La historia, un tejido de pasiones, sin las emociones humanas, resulta letra muerta.
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Cuando leí el texto de Raúl Mejía tuve una urgencia vital: necesitaba correr a experimentar eso que él acababa de contarme con sus palabras risueñas y lacrimógenas. Pero lo primero que hice fue mentarle la madre vía correo electrónico (dos veces, por si no lo recibía), vía comentario en su blog (eso ya es público), y en su mismísimo celular: “Che Raúl, no me llevaste a ver Bosques.”
Cual niña de 12 años, ansiosa, hambrienta, llamé al teatro y pregunté por la obra: “este es el último fin de semana, sólo tres funciones más, 40 boletos por función”. Era jueves y anuncié: voy a verla mañana, sola, con tres, 10 o 1 persona más, yo, voy a verla.
¿Por qué tanta urgencia? ¿Por qué esa necesidad que surgía desde mi estómago de mentarle la madre a Raúl, de correr, de vivir Bosques?
Pues simplemente por el título del texto de mi amigo: “Yo nunca te abandonaré”.
¿Necesito explicar más?
Robo las palabras del director de la puesta en escena, Hugo Arrevillaga, para decirlo mejor: “Bosques bien podría ser la historia de cualquiera de nosotros, de aquellos que hemos perdido a alguien, de aquellos a quienes nos han arrancado algo, de aquellos que hemos hecho promesas, de aquellos que hemos sido abandonados de alguna u otra forma. Se trata de una historia profunda, bella y llena de misterio. Ese misterio del cual nutrimos nuestra existencia y que buscamos insaciablemente durante la vida entera”.
¿Quién no tiene una historia de abandono, cargada como si fuéramos el Pípila…? ¿Quién no se pregunta de dónde viene ese hueco, esos pedazos que están sin llenar y que corremos a tratar de “tapar” con lo que sea, con quien sea? ¿Quién no ha experimentado una soledad inmensa, sin razón aparente o lógica?
El abandono parecería estar eternamente presente. Pero lo que no nos abandona es esa historia inexplicable, esas preguntas que no sabemos de dónde vienen, ese continuo sentir que hay algo mal y que quizá venga en nuestra sangre, en nuestra genética, hasta en nuestra propia historia desconocida.
Por eso muchas almas nos la pasamos mirándonos en todos los reflejos posibles, tratando de encontrar una chispa, una respuesta; sintiendo la necesidad ancestral de contestar interrogantes profundos, de llenar esos huecos que ya pesan tanto, que parecería que si no los llenamos, nos harían desaparecer, convertirnos en un hueco absoluto, completo, en la nada. Y queremos ser, queremos ser completos, sin huecos, no estar en pedacitos.
Bosques es una obra que nos cuenta la vida de Lobo, una chica de 18 años muy molesta con todo, con su vida, con la muerte, con ella misma. No entiende nada, y cómo habría de entender si desde su misma concepción heredó no sólo una historia truculenta de familia sino el peso de llevar con su nacimiento la condena de su madre y el rechazo de su padre.
¿Cómo podría ir Lobo, feliz y rozagante, con semejante nombre, con semejante carga?
Cuando empiezas a indagar, a preguntarte, a mirarte, a querer entenderte, no hay marcha atrás… siempre quieres más. Es como una adicción: entender para poder avanzar.
Intentas todo: culpar a los demás (protagonistas número uno de las acusaciones: tus padres), culparte a ti, escuchar historias familiares, ir a terapia, a regresiones, pensar que tus problemas vienen de otras vidas, empezar a creer en otras vidas, evadirte, huir, negarlo, aceptarlo…. te cansas, regresas, reniegas, sonríes, avanzas, y… todo vuelve a empezar.
Pero si no sabes quién eres, es muy probable que tampoco obtengas lo que quieres. Para tener un lugar en la vida, hay que saber qué hay ahí, dentro de nosotros. Y esas historias de familia, ese dolor genético, son partes de quien eres… no lo puedes negar, no lo puedes evadir.
Así que la búsqueda de Lobo nos es a muchas personas familiar. El abandono, el rechazo, la soledad, el coraje, lo son.
Bosques nos lleva a través de un recorrido largo y doloroso, a un profundo conocimiento, pero más importante aún, a una reconciliación. Al entender, al mirar, quizá puedas resolver, perdonar y, finalmente, seguir adelante. Ya sin la carga, sin la lápida que parecía que nos iba a aplastar.
Un día, después de mucho o poco tiempo, descubres la piedra angular de todo eso que llevas cargando ancestralmente. Ese día comienzas a entender, a entenderte. Y mágicamente todo el peso se vuelve más ligero. Los huecos comienzan a llenarse con historias del pasado, con historias de dolor, puede ser. Pero al entenderlas, puedes verlas desde un lugar más amoroso y sin tanto juicio, sin enojo; quizá hasta dejes de tener miedo, de pensar que hay algo malo en ti. En una de esas puedes comenzar a sentir un amor ancestral y ganas de caminar hacia adelante. Puede ser entonces que comiences a sanar ese código genético que traes contigo y que no sabías concientemente que existía, que te estaba doliendo, que te había marcado.
La necesidad de conocerte, de entenderte, comenzará a complementarse con un deseo total de amarte, de honrarte. A ti y a todos y todas los y las que han formado parte de tu historia familiar.
Por eso, corrí a ver Bosques, porque yo misma estoy buscando mi propia historia de reconciliación, para así no atarme a nada más y comenzar a ser feliz aquí y ahora. Completa, sin huecos. Total.
Bella reseña, contagia las ganas, te identificas y ves esos instantes pasar y dices siii tmb soy yo, graciassss
El dilema de la identidad familiar. Suena bellamente trágico, porque como bien dicen, todos nos estamos buscando y reconciliando, con lo que somos, y con lo que la familia ha hecho de nosotros. asta ganas me dieron de verla, y eso que tiene años que no voy al teatro (desgracia de la que no estyo orgullosos, aclaro
) Saludos Miss.
Maravilloso texto!! y claro que quisiera verla!!! uuufff!!! Lo quesabes que significa para m itambién!!! Besos
Gracias, Ali, =) Y sí, lo sé. Lo sé bien. Te quiero.
Gracias, Joseph. Y bueno, yo tampoco soy muy teatrera. =D
Reynits, gracias! =)