Todo mundo piensa en cómo cambiar a la humanidad, pero nadie piensa en cómo cambiarse a sí mismo.
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La fotografía permite un punto de vista, es un fragmento de la realidad que se capta por medio de la cámara y que a través de varios procesos los demás pueden observarla.
Cuando es más un estilo de vida, el cerebro comienza a funcionar diferente, todo lo tratas de ver encuadrado, con la ley de los tres cuartos y observas si la iluminación es la adecuada.
Si escribes con luz tratas de no cometer faltas de ortografía, que las expresiones de los protagonistas sean las adecuadas para lo que quieres comunicar y que un segundo antes del disparo hace la diferencia.
El obturador se vuelve el “gatillo” y miras a tu objetivo como si en verdad fueras a “dar en el blanco”, la cámara deja de ser una herramienta y se vuelve parte de tu ser, ahora es tu mirada.
Y cuando enfocas desde ese cuadrito al principio todo se ve borroso, pero de pronto adquiere nitidez y es momento de hacer “clic” que el instante no se escape y quede capturado en la memoria.
Aunque el modelo sea el mismo todas las veces, todos los días; encuentras ese detalle que hace el día, esa sonrisa, esa facción, esa comunicación que se vuelve única entre la cámara y el fotografiado, un coqueteo que sólo ellos pueden entender, una especie de danza que hacen como pareja de enamorados inseparables.
Esa es la vida desde un cuadrito, un pedacito del mundo que es capturado cual presa para ser mostrado con vehemencia como testigo de lo acontecido en otro lugar y en otro tiempo que no es el presente.