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Las Batallas en el Desierto, de José Emilio Pacheco

c7 batallas Las Batallas en el Desierto, de José Emilio Pacheco

El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio.”

Esta historia a todos nos remite algo, a través de las palabras del autor, en la voz de Carlitos, de su concreta manera de ver la vida, de lo simple que es todo en realidad, y de lo complicado y distorsionado del contexto de los adultos; retoma temas políticos, sociales y culturales que en ningún momento opacan ni pierden de vista el sentimiento más plausible: al amor y su naturaleza.

El título de la novela me remite hacer una analogía con la historia: las batallas que vive un individuo; aquellas internas, con nosotros mismos, y las externas, con los demás. Carlitos debió librar quizás una de las más difíciles de superar: el prejuicio de los otros.  Su lucha fue desértica, en soledad, se encontraba aislado del contexto, de todo lo que le rodeaba, defendiendo un sentimiento que nadie comprendía, ni intentaban entender, percibiendo una realidad que cambiaba a cada momento, sin sutilezas ni demoras, el entorno se tornaba distinto, dentro y fuera de él.

De manera tangible y sin sentimentalismos, el autor hace un recuento de cómo la cultura mexicana fue adquiriendo la identidad estadounidense, adoptándola como correcta, acostumbrándose a un nuevo estilo de vida, al que todos debían acceder, doblegarse, hacerse el uno para el otro. Esa fue otra batalla perdida, de manera colectiva, nos dejamos ganar sin objeción alguna.

No obstante, se hace referencia a temas que siguen siendo parte de lo actual y cotidiano como la corrupción, la hipocresía religiosa, el desinterés de las nuevas generaciones hacia los temas importantes y la pobreza extrema.

Hay una frase que me hizo reflexionar acerca de lo lejanos que, en general y desde siempre, lo mexicanos nos sentimos de nuestra herencia prehispánica: “si los indios no fueran al mismo tiempo lo pobres, nadie usaría esa palabra a manera de insulto”. Por alguna razón despreciamos esa parte de nuestra cultura, pero irónicamente, la celebramos de una manera conveniente y poco a poco, nos convertimos en todo, menos en lo que somos.

Aprendemos un idioma extranjero sin primero conocer bien el nuestro, adquirimos costumbres o festividades para distorsionarlas con las propias y veneramos a las transnacionales por considerarlas signo de progreso.
Paralelamente a todos los personajes, mientras Carlitos se va encontrando con él mismo, el resto se aleja más de su persona, de su ser individual, para pasar a ser parte de la multitud, amante de lo material y de todo lo ajeno.

La narración, va atrapando poco a poco desde el principio de la historia, comienza como remembranza, termina de la misma manera; el narrador da a los lectores un paseo por el tiempo, en el que se pierde la conciencia que todo ha pasado, que ya no existe (o jamás existió), traza una trayectoria para no perder el paso, y más que seguirlo, sea fácil andar con él.

Lo anterior provoca apropiarse de los personajes, formar un lazo indeleble con ellos, especialmente con Carlitos, hacerse su cómplice; mientras las experiencias propias van emergiendo para complementar la historia, hacer una relación con ella y fusionarla con aquella concepción tan idealista, sencilla, natural, espontánea y franca, de amor. 

El tiempo todo lo destruye, o lo construye pero termina por destruir; a lo largo de la existencia, se van abriendo y cerrando círculos, ciclos en la vida y con las personas, unos de ellos, inevitablemente llegan a su término, dejando sólo recuerdos de aquellas emociones y sentimientos experimentados en tiempo pasado. El estado emocional acaba, se transforma en una quimera y se difumina, sólo perduran los mapas mentales derivados de él, trascienden a todo lo experimentado, pero cuando éstos se evaporan, el tan esperado final, los ha alcanzado.

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