Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.
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Es de extrema utilidad. Haz el propósito de imprimir en tu cerebro estas dos simples palabras: “¡DEJA IR!” o “LET GO!” si te gusta usar anglicismos. Pese a su utilidad es probablemente una de las cosas más difíciles de aplicar.
Creo que la vida, cualquiera que sea y como sea, debe regirse por este común denominador, que te permitirá hacer llevadera tu existencia y, con el tiempo, traerá la felicidad que tanto anhelas.
No me atrevería a aseverar tal cosa si no lo viviera en carne propia. Siguen pasando los años y es prácticamente una tarea diaria, pero eventualmente se transforma en algo automático.
Pocas personas tienen la fortuna de lograrlo, tanto hombres como mujeres. No obstante, el valemadrismo natural del hombre favorece a que las cosas resbalen de su conciencia con mayor facilidad.
La naturaleza femenina, en general, no facilita el proceso de “dejar ir”. Tienden a aferrarse incesantemente en cualquier asunto o minucia que sea y le provoca un pequeño infierno en su atribulado cerebro. Tanta capacidad intelectual envuelta en una maraña emocional inevitablemente resulta en no dejar ir las cosas. Si de forma muy personal se asumen capaces de cualquier cosa pues tómense el reto de aprender a dejar ir.
El concepto lo asocio con lo que llamo “obesidad emocional”, una tendencia recurrente a ingerir momentos, pensamientos, concepciones erróneas, malas vibras y sentimientos dañinos… una y otra vez, sintiendo el hastío y culpa subsecuente y el deseo imperante de eliminarlos de nuestro sistema pero sin poder hacer mucho.
La incapacidad de eliminar del sistema las cosas que nos dañan y, peor aún, de evitar ingerir o generar emociones negativas es lo que nos produce dolor, frustración, desesperación y vacío; pueden desencadenarse hasta una docena de emociones al no dejar ir, lo que nos hunde en la tristeza y depresión.
No se detiene aquí. Hay un término importantísimo que va vinculado ineludiblemente del “dejar ir”… es como su hermano mellizo, gordo y feo: Acumulamiento. Ser acumulador o hoarder como actualmente se le conoce a esta condición, es un padecimiento sicológico de un buen número de personas. Por supuesto es un comportamiento con una peculiar patología y en diversos grados de gravedad pero su esencia es la imposibilidad de detener la necesidad obsesivo-compulsiva de acumular cosas: basura, comida, muebles, souvenirs, papeles, chucherías y cuanta cosa imaginable. En este caso concreto: emociones insanas o innecesarias en el mejor de los casos.
Ahora bien, de una persona con tendencia acumulativa se desprende su propio grado de obesidad emocional. No dejan ir porque no tienen la capacidad tangible de hacerlo y, lo peor de todo, es que no quieren hacerlo.
En un escenario como lo anterior se desprende mi frase de vida: “De poco sirve la intención si no se tiene voluntad”. Es sencillo autojustificarse con un “quiero, pero no puedo”, es decir, tengo la intención pero no la voluntad. Claro que el ejecutar un cambio de perspectiva de pensamiento, de procesamiento emocional y una pizca de valemadrismo no es cosa simple. Todo cambio es viable con esfuerzo diario, constante y recurrente.
Puedo decir que tengo los años a cuestas, oportunidades perdidas, vacíos a medio llenar, crecí sin pasiones y pocos sueños, me sumí en el dolor y el sufrimiento interno, me hice adicto al dolor, insensible e introvertido hasta que aprendí a dejar ir.
La vida insiste en ponerte en la cara experiencias que te marcan, que te aferran a retorcerte en lágrimas, en frustraciones, en ira o en vacíos y lo único que debes hacer es dejarlos ir.
Probablemente crees que todo mejorará y, si no sucede, volvemos al círculo vicioso: frustración y aferrarse a algo que creemos nos mantiene a flote. Error.
Aferrarnos nos hunde más. Dejemos ir a los amigos, los trabajos, nuestras casas, ciudades, difuntos, nuestros errores, nuestro pasado, amores, desamores, fracasos y momentos de gloria. Dejemos todo atrás. De nada sirve, sólo son recordatorios de quiénes somos hoy día.
Esto es el aprendizaje de la vida: un cúmulo intenso de cosas, sensaciones, memorias, emociones y criterios. El tiempo te va formando pero la lección es: vive, no olvides, deja el pasado donde está. ¡No pierdas el tiempo lamentándote!
Aférrate, en cambio, a aquella cosa que te saque una sonrisa, que te dé descanso en el alma o que alegre una mañana tediosa: un café, un libro, una llamada, un trabajo terminado, una cena, un amor, un recuerdo.
Aprende a recibir amor, perdónate porque no eres perfecta o perfecto, valora lo poco o mucho que tienes, ríete de la mala fortuna, goza las pequeñas cosas, alivia tu espíritu de penas, recuerda a los que no están, llena tus vacíos contigo misma, mismo; lee, explora, conoce, bromea, sé justa, justo, equilibrada y paciente. Vive, que solo eso queda.
Todo llega en el momento que debe llegar: preciso y exacto. Acepta las cosas como son, intenta diariamente dejar esas cosas que no dejan descansar tu cerebro, deja ir aquello que te daña, deja ir el pasado, nada impedirá que forjes tu día y tu futuro, tu actitud ante la vida hará la diferencia.
Es cosa de que lo decidas, lo intentes y lo hagas. Ten la intención y la voluntad.
Tras cada eventualidad, refuerza el dominio de tu criterio y deja salir las emociones que te abruman; después, prográmate para dejar ir lo que no te sirva. Acumula lo bueno, transforma tu estructura de pensamiento en cosas positivas, antepón el amor en cualquier cosa que hagas, pienses o digas. No vale la pena vivir atrapado en nuestras propias carencias. Libérate. Las cadenas cederán.
Tengo la certeza de que vendrán más cosas difíciles, la vida nunca deja de sorprenderme. Hace diez años pensé que había vivido lo más desagradable, hoy veo que este año supera todo: Soy papá de tiempo completo, trabajo cuando puedo, doy biberones en Oxxo’s, me han robado, secuestrado, he dormido en suelos de hospital, choqué, cocino, intento ser buen marido, hijo y yerno. Quiero a mis amigos y no necesito más, me procuro y procuro a quienes quiero. Mantengo mis prioridades siempre presentes.
Todo esto lo he dejado ir, dejo lo que me agobia, aparto lo que me daña, comparto el sufrimiento de los que me rodean y trato de darles valor a lo que hacen. No suprimo, proceso.
La última gran enseñanza de mi padre, quien vive postrado en una cama sin poder hablar o moverse, no es el ver su invalidez, no es verlo llorar cuando lo baño, no es saberle prisionero de un cuerpo que no le responde: Me enseña cada día que lo veo y me despido de él con un beso que el amor es lo único que trasciende, lo positivo es lo único que permanece y hay que recordarlo. Beso a mi papá y él siente que lo amo al igual que cuando beso a mi bebé. Dios es grande, no importa qué viene, importa cómo lo vivimos.
Sé feliz. Escoge ser feliz: Deja ir, vale la pena.
Como le comentaba a Cris en twitter, haz de cuenta que Ro escribiera éste texto para mí. Sí, debería de imprimirlo y tenerlo cerca, muy cerca de mí.