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La Chica de los cabellos de Fuego II

cabellos dorados La Chica de los cabellos de Fuego IIHabiendo perdido mi vanidad debido a mi mata quemada por el peróxido, comencé entonces a recordar el episodio de mi amiga Mónica, a ella le cortaron de más su cabellera, y creo, casi garantizo la igualdad de sentimientos, exactamente la misma sensación.

La cuestioné, varias veces rondaba incansable por mi cabeza, llegué a la reflexión de que se deriva de la responsabilidad que le adjudicamos al pelo, lo creemos una parte esencial de la feminidad, aquella que define, no únicamente como mujer, sino como persona.

El cabello -o falta de él- habla por sí solo, dice mucho de quiénes somos, de cómo nos sentimos; se encuentra ligado al rostro, a la parte frontal del cuerpo y es su complemento. Sin más, es importante, de manera cultural e individual, aunque hablando como mujer, considero que su relevancia aumenta, incluso algunas de mis amigas lo consideran el elemento externo más querido de su anatomía.

Dicha reflexión la enriquezco al observar féminas de todas las edades; desde pequeñas, nosotras declaramos independencia al comenzar a peinarnos solas, a decidir cómo estilizar el cabello y siendo ya maduras, el cuidado no cesa, mi madre lo peina y lo acicala con el mismo cuidado -ella cuenta- que en su juventud.

Por fortuna, la recuperación de mi imagen propia ha sucedido más rápidamente que la reestructuración de mi cabello; con todo y las ceremonias diarias en las que lo lavo con shampoo especial, le aplico tratamiento específico y sigo cuanta indicación me ha dado Elizabeth (amiga y estilista de cabecera embarazada, razón por la cual no pudo retocar mi look) quien, como toda súper héroe, ha salido al rescate de mi mata; ésta no se ve tan bien como yo desearía, aún así -e irónicamente- yo me siento mucho más bonita.

Nunca he sido una chava particularmente hermosa, tampoco soy fea, tengo lo mío, ¡Claro!,  hay que reconocer ambos lados, sin embargo, la reconquista de mi muy humilde vanidad (qué contradicción), se ha visto detonada por algunos sucesos nice, los enumeraré:

Me he encontrado con amigas y amigos que hace algún tiempo no veía, quienes me dicen -quizá no muy objetivamente debido al vínculo amistoso, pero igual se siente grato- “Laura te ves muy bien, ¿qué te has hecho?” yo contesto ingenuamente “nada, ¿qué me ves diferente?  Y ellos responden, “no sé, pero te ves  muy bien”.

Los galanes. Es de reconocer que aunque uno de ellos se pasa los límites de la galantería para tocar los del acoso, sus frases comunes y predecibles levantan el ánimo. Por supuesto, un hombre sutil y caballeroso representa un mejor y más  atractivo incentivo, al menos en mi particular caso, quienes se comportan así, me resultan placenteros para la autoestima.

Mi propia percepción; fuera de opiniones ajenas por demás apreciadas, he sufrido una mutación de pensamiento y actitud, he removido algo de peso a la importancia delegada a mi cabellera, he aceptado su carencia de belleza actual y resaltado, para conmigo misma, las cualidades que considero destacables en mi persona, aquellas físicas e intangibles, las cuales en conclusión me han llevado a quererme y admirarme por quién soy, por cómo me veo, al margen de la apariencia física.

Sin importar el hecho de que es un canon o estándar social, la cabellera es esencial en mi identidad, sí, y lo es más allá de explicaciones antropológicas o tendencias de moda, pero no lo es todo, ni está cerca de representarme por completo; si bien comunico a través de las fibras que cubren el cuero cabelludo, definitivamente éstas no son un texto absoluto y con o sin cabellera impresionante, soy Laura “La chica de los Cabellos de Fuego”.

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