Si eliges entre el menor de dos males, al final del día, sigues teniendo mal.
—
Mujeres madres, mujeres heroínas, mujeres profesionistas, mujeres florero, mujeres vendidas, mujeres compradas, mujeres ultrajadas, mujeres admiradas, mujeres reconocidas, mujeres zorras, mujeres marcadas, mujeres honorables, mujeres sometidas, mujeres guía… y puedo continuar enumerando adjetivos que definen a las mujeres sin llegar a una definición exacta. ¿Será que somos tan versátiles que podemos ser desde un artículo de lujo hasta una empleada doméstica incansable, pasando por enfermera, consejera, entretenedora, y profesionista a la vez?
¿Qué es la mujer, o qué he creído yo que soy en este siglo XXI en el que me encuentro y en el que veo en mi historia todo lo que otras mujeres han hecho para que yo este aquí, gozando de ciertos “privilegios” de cierta equidad? Debo agradecer a Simone de Beauvoir, a George Sand, a Virginia Woolf , a Florence Nightingale, a Rosa Montero, a Isabel Allende, a EveEnsler y muchas otras, por sus cruzadas para liberar el ambiente y permitirme hoy en este tiempo sentarme a reflexionar a cerca de ser mujer. Tras años de sometimiento y abnegación hoy puedo preguntarme ¿qué soy? y ¿quién soy?
Puedo ver tras largos años de chovinismo en el que las mujeres entregamos el poder y el hombre lo tomó y se creyó que le pertenecía, asumiendo cada parte que era superior el masculino que el femenino; nosotras hemos vivido haciéndonos a un lado, haciéndonos inferiores, pequeñas, diciéndonos que no podemos y que no sabemos, que necesitamos ser rescatadas. Y los hombres han asumido que tienen que proveernos y que tienen que ver por nosotras y que es su deber rescatarnos, que ellos son los fuertes y que nosotras las débiles, que sin ellos no somos nada pero que tampoco ellos sin nosotras tampoco logran nada.
Hemos jugado roles que nos limitan y nos alejan de lo que realmente somos como individuos. Nos hemos alejado de reconocer nuestra esencia, todo lo que sí somos, porque nos da más miedo reconocer el gran potencial y las grandes capacidades, para no opacar a aquel que está a un lado.
Se ha vendido la idea de que la mujer necesita ser débil para tener un hombre que vea por ella, porque eso es lo que el hombre hace: cuida de los débiles (esposa e hijos) y provee, no puede flaquear, no puede quebrarse, no puede dolerse; porque si no es fuerte corre el riesgo de sentirse inexistente. Y la mujer debe permanecer pequeña, débil, incapaz, dependiente, porque si ella pudiera, entonces la función del hombre se vería mermada y no se cumplirían los roles que se han asignado desde hace miles de años atrás.
Hoy, empezamos a despertar, a desperezarnos de un largo sueño, comenzamos a ver desde hace algunos años atrás que ni los hombres deberían jugar el rol de todopoderosos ni la mujer de sometidas y abnegadas, el hombre está harto y la mujer cansada; la cosa es que enfrentar el rompimiento de los patrones no es cosa fácil.
Falta descubrir que mis talentos y mis capacidades adormecidas no son más útiles si las escondo, pero el miedo a reconocerlas y a despabilarlas para hacerme fuerte como mujer todavía es un miedo mayor a enfrentar en la sociedad en la que vivimos. Y no sólo hablo de pareja, sino de la relación que existe entre la mujer y el hombre, entre jefe y empleada, entre mecánico y clienta, etc.
Ir más a fondo de lo que vengo viviendo y descubrir que buena parte de lo que creo que es mi independencia está basada en hacer lo que me han dicho que soy, eso me mantiene alejada de la auténtica conciencia de mi ser, de mis talentos, de mis capacidades; las que queremos contactar y sacar a la luz para florecer como nunca antes ha vivido la mujer en nuestra civilización.
Así como el hombre que sigue creyendo que debe ser fuerte e insensible para ser hombre de verdad, lo aleja años luz de su esencia, de su profundidad y de su verdadera fortaleza que yace dentro de él, en esa sensibilidad, en esa suavidad de ser masculino desde la esencia y no desde la fuerza. Y la luz y el poder de la energía femenina que reconoce la fortaleza de ser.
Es tanto el miedo de confrontar lo conocido que muchas veces preferimos permanecer sin cuestionar lo que nos incomoda, no nos da la plenitud y felicidad, o la paz y armonía que tanto buscamos, pero somos tantos los que estamos así que romper lo que la mayoría hace sería inadecuado, aunque me de cuenta de que algo en mí ya no funciona.
Romper el miedo de sabernos pequeñas y sometidas, débiles y abnegadas, nosotras o ellos fuertes y poderosos, incansables y protectores; dejarnos, a nosotros mismos, brillar e irradiar lo que verdaderamente somos, y acompañarnos (unos a otros) en la búsqueda en la que todos (sin excepción) los seres humanos estamos, unos más despiertos que otros, pero todos buscamos encontrarnos desde dentro.
Reconocernos como esos grandes y completos seres que no necesitamos de rescate o ser provistos, sino simplemente ser y compartir, desde lo sensible, desde lo vulnerable desde el amor de respetarnos y reconocernos como seres enormes de luz; hombres y mujeres en equidad pero no en igualdad, como compañeros pero no como codependientes, dejándonos brillar el uno a la otra, y reconociendo que todos tenemos miedo de sabernos grandes y que poco a poco podemos acompañarnos a encontrar nuestras grandezas, para en verdad vibrar en una nueva dimensión.