El arte de vencer las grandes dificultades se estudia y adquiere con la costumbre de afrontar las pequeñas.
—
Cuando estudiaba la carrera de Letras, un maestro al cual estimo mucho hizo un comentario sobre mi nombre. La verdad, es que pocas veces me había puesto a reflexionar sobre su significado, hasta ese preciso momento. Analizábamos poesía y por alguna razón, empezó a preguntarnos a cada uno (éramos un grupo pequeño) si conocíamos el origen de nuestro nombre. Yo respondí que sí, dije que mi nombre (Mónica) era griego y que quería decir “ama a la soledad”. Mi querido profesor me miró, sonrió y dijo: “ es verdad, Mono es uno… no sé si tus padres supieran que el nombre nos marca para siempre”.
No sé si literalmente eso sea posible. Pero sé que desde niña, me gustaba mucho estar sola. La mayoría de mis juegos y mis actividades las hacía en completa soledad, rodeada por un mundo de adultos.
Esos años me enseñaron, sin duda, a disfrutar de mi propia compañía, a no tener miedo de mis pensamientos, de mis sensaciones y mucho menos, de mis sentimientos. Pero he de reconocer también que el hecho de aislarme, me convirtió primero en una niña dura y más tarde, en una mujer un tanto insensible, inconsciente de las necesidades ajenas. Sí, por difícil que parezca creerlo en estos momentos.
Alguna vez leí por ahí que no hay nada peor que la soledad impuesta. Ese estado triste y muchas veces, doloroso, en que nos colocan otros, con su falta de interés, con su indiferencia. Y sí, es posible que así sea. Todos hemos pasado por etapas terribles, en las que nos sentimos abandonados por el mundo que amamos. Y eso es porque creo que equivocamos nuestra perspectiva. En primer lugar, el mundo debe partir de nuestro interior, de nuestro ser, porque es lo único sobre lo que tenemos control. Sólo yo puedo decidir cambiar y hacerme de la fuerza de voluntad necesaria para lograrlo. Y a veces, para ser una mejor persona, es necesario pasar un tiempo a solas. Enfrentarnos a miedos, a angustias, a traumas. Como todo en esta vida, debemos tomar lo que una etapa en soledad nos brinda, ese instante único de crecimiento y autoconocimiento.
A muchos nos les gustará la idea en absoluto. El estar a solas, en un universo rodeados de tantas personas, puede resultar deprimente. Desde el solo hecho de no tener quien te acompañe de compras o al cine, hasta no tener con quien compartir fechas importantes. Pero es parte de la realidad en la que vivimos, donde cada uno tiene actividades propias, que debe desarrollar con o sin compañía. El ritmo de la vida nos obliga a marchar a una velocidad determinada, sin tiempo apenas para detenernos a mirar la realidad del otro. Sí, puede que suene mal.
Pero aun así, la soledad es útil, insisto. Después de una temporada a solas, aprenderás a valorar tu tiempo, tu espacio, tu independencia… y por tanto, valorarás el tiempo y el espacio que los demás te abren en su vida. No te diré que tu agenda se llenará de compromisos sociales por arte de magia, pero los que haya, serán aquellos a los que verdaderamente deseas ir, porque has decidido con consciencia y no por obligación. No sentirás terror de pasar una tarde a solas, porque descubrirás que tienes un mundo por arreglar, un texto que escribir (en mi caso), varios libros por leer, una cocina para experimentar… cuando estés convencida de que la soledad no es tu enemiga, sino una buena compañera que te ayuda a conocerte, lidiarás mejor con tus demonios porque te dará menos pánico enfrentarte a ellos tú sola. Entonces, habrás entendido que nadie más que tú, tiene el potencial para derrotarlos y para ser tan feliz como quieras ser, sola o acompañada.