El corazón no tiene arrugas.
—
Cuanto más nos relacionamos con los demás, más descubrimos dónde estamos bloqueados, dónde nos mostramos desagradables, temerosos o cerrados. Verlo es una ayuda pero al mismo tiempo es doloroso.
A menudo nuestra única reacción es usarlo como munición contra nosotros mismos: no somos buenos, no somos honestos, no somos valientes y más nos valdría rendirnos ahora mismo.
Pero cuando aplicamos la instrucción de ser delicados y no juzgar de inmediato las cosas que vemos, entonces ese reflejo en el espejo que nos daba tanta vergüenza se convierte en nuestro amigo, se convierte en una motivación para suavizarnos y aligerarnos más, porque sabemos que es la única forma de seguir trabajando con los demás y de ser algún beneficio para el mundo. Ahí es cuando empezamos a crecer.
Mientras no queramos ser buenos y honestos con nosotros mismos, siempre seremos niños.