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Vivir en la mentira

mentira Vivir en la mentiraEstas fueron las palabras de un muy querido amigo, fue como el broche de oro, ya que mentiras y verdades han sido temas muy recurrentes en pláticas últimamente en mi vida.

Empezando con el hecho de que estoy leyendo el libro “País de Mentiras” de Sara Sefchovich, en el cual da toda una serie de datos de cómo el gobierno está tan acostumbrado a mentirnos, usa estadísticas, habla de más, se queda callado, desvía la atención, se contradice; chismes, mitos. ¿El resultado final?, la verdad desaparece. Nadie, ni el que inventó la mentira, sabe ya cuál es la verdad.

El estado de asombro continuo que provocan en mí estos datos, no se compara con el “shock” de hacer conciencia cómo está tan permeada la mentira en nuestra cultura, es algo tan común que no reparamos en las mentiras que contamos y que nos cuentan, aún a sabiendas de que son mentiras, hacemos que no pasa nada, nos conformamos con un está bien.

Desde los ejemplos más sencillos desde la escuela, “no hice la tarea porque se enfermó o incluso hasta murió mi abuelita(o)”… ¿cuántas veces se mueren los abuelitos…? ¡pobres! Ya más creciditos… “jefe lo siento pero se ponchó la llanta, se descompuso el micro, me quedé sin agua, etc.”. Pero la verdad es que los 5 minutos de después de que suena el  despertador se convirtieron en 30 y aunque corrimos y corrimos no alcanzamos a llegar a tiempo.

Luego vienen las mentiras que contamos con tal de quedar bien, primero con una persona, pero esa mentira no deja satisfecha a otra, así que inventamos una nueva y así se hace una avalancha imposible de parar y al final no quedamos bien con ninguno. Y nosotros con una culpa impresionante, con tensión todo el tiempo por el miedo a que nos descubran en tanta mentira.

Y las mentiras de quienes llevan una doble vida, tienen varias familias u ocultan sus preferencias sexuales y se casan, tienen hijos por cubrir las apariencias de una sociedad y de una familia tradicionalista.

Hay un sinfín de mentiras… pero creo que la más grave de todas es las que nos contamos a nosotros cuando pretendemos que lo que hacemos no causa daño, que no pasa nada, que lo que callamos o decimos no tiene consecuencias, cuando culpamos al de al lado por algo que claramente nosotros hicimos y escondemos la mano después de arrojar la piedra.

Nos metimos con lo pequeño y con lo grande, mentimos cuando decimos “estoy bien” y sonreímos, cuando quisiéramos gritar que nos lleva la fregada y de menos una que otra mentada. Nos mentimos cuando nos hacemos creer que estamos enamorados con tal de no estar solos; nos mentimos cuando realmente amamos y aceptamos un free con tal de estar con esa persona especial. Nos mentimos cuando rompemos la dieta comiendo a escondidas y todavía le decimos a la nutrióloga con carita de mustia “No sé por qué no bajo si me porto, tan bien”. Los ejemplos pueden seguir y seguir.

Las mentiras son una adicción, como el alcohol, el cigarro o cualquier otra sustancia, cada vez las necesitamos más, se perfeccionan y se vuelven más complejas, al grado de no saber qué hay detrás de todas ellas; no nos reconocemos a nosotros mismos, no somos capaces de sentarnos frente a alguien con quien hemos sido deshonestos y decir la verdad y estar dispuestos a asumir las consecuencias.

Nos acostumbramos a levantarnos todos los días y a dormir con nosotros mismos con esa carga emocional de mentiras, que van mermando nuestro ser real. Para algunos esto sonará muy exagerado, para otros tal vez me quedo corta con estos relatos. Pero la realidad es que todos hemos contado alguna mentira y hemos vivido una.

“La verdad duele, pero la mentira destruye”, esta frase me la envió una amiga, no sé el nombre de la autora, pero entiendo el peso y la importancia de la misma.

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